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29.8.2008.

Las oportunidades perdidas


Por: Manuel de la Hera

Es bastante corriente no acertar en lo que se hace y también en lo que no se hace. Es algo que a cualquier persona le ocurre en sus decisiones personales, en sus trabajos y en sus pensamientos.

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Es bastante corriente no acertar en lo que se hace y también en lo que no se hace. Es algo que a cualquier persona le ocurre en sus decisiones personales, en sus trabajos y en sus pensamientos. Es prueba evidente de que todos somos limitados, débiles y escasos en muchas de las cosas que la vida nos pone por delante, aunque algunos no se lo crean y vayan por el mundo, tan áspero y difícil en ocasiones, como si estuvieran libres de cualquier tropiezo; como si no se hicieran daño a sí mismos y tampoco se lo hicieran a los demás.

Se dice, con razón, que se debe trabajar para que las condiciones de vida sean más dignas; para mejorar el ambiente de la sociedad y el que nos es más inmediato, ya que ambos mantienen una relación que no es posible destruir. Los seres humanos no somos insensibles a las necesidades de los demás, aunque a veces nos portemos como verdaderos enemigos unos de otros. La conciencia de haber hecho algo mal pasará su recibo, antes o después, y también lo pasará de aquellos otros asuntos que no nos quisimos enterar; que nos pareció que eran asuntos de otros.

Cuando los medios de comunicación nos ponen delante de nuestros ojos fotografías en las que el hambre se muestra claramente en la mirada triste de muchos niños y en la delgadez impresionante de sus cuerpos, no es suficiente que nos causen mucha pena sino que hay que movilizarse para que esa situación de hambre, que significa condena a muerte para muchos de esos niños, no se vuelva a producir. No es suficiente la ayuda temporal de unos sacos con alimentos. Es necesaria una solución definitiva y a ella es a la que hay que dedicar toda clase de esfuerzos. A esa solución estamos llamados todos. A esa y a otras muchas más.

Nunca se debe perder la oportunidad de hacer el bien, de remediar el mal, de enderezar lo que esté torcido, de hacer algo que evite daños, de ayudar en todo cuanto sea necesario, que es mucho y variado. Tal vez se piense, por unos u otros, que uno es muy poca cosa para la importancia de lo que hay que hacer. Es verdad que todos somos limitados, pero nadie debe renunciar a ese “humilde protagonismo” de ser alguien, aunque modesto, pero alguien al servicio de esa maravillosa e imponente obra de servir a los demás por amor.

A los demás, que hay que entender que es todo el mundo y no sólo nuestros mejores amigos. A los demás, a esos que no nos conocen personalmente y que tienen una vaga idea de que formamos parte de esos miles de millones de personas que habitamos en la Tierra; que somos una parte muy pequeña de una cifra mayúscula diseminada por aquí y por allá. A todos, absolutamente a todos, hay que hacerles llegar nuestro afán de servir a la paz y el amor entre todas las gentes.

Hay cuestiones de Estado que nos envuelven a todos, aunque cada uno sea poca cosa. En esas cuestiones tampoco hay que renunciar a ese “humilde protagonismo” de servir a la maravillosa obra de unión entre todas las gentes. Hay que señalar lo que esté mal hecho para que se corrija, para evitar que llegue a causar daños, a veces muy graves, a la convivencia humana y a la dignidad de cada persona.

Puede que no le preocupe al señor Medvedev, presidente de Rusia, y que no tema una “nueva guerra fría” y que, por ello, seguirá adelante con sus planes en Georgia, pero esa es una frase impropia de una persona con responsabilidad. Hablar al mundo de guerras, aunque sean “frías”, no es lo mejor para nadie. Diga y haga otras cosas menos retadoras.

El interés general de la gente del mundo no está en esos campos en los que se hace y se habla de guerra, de la temperatura que sea, sino en que exista paz y libertad.
¿Es que no acaban de ver que son otras las necesidades que hay en el mundo?. La lucha por la hegemonía mundial debiera hacerse en otros campos, sin ofensas para nadie.

El pozo sin fondo de las oportunidades perdidas, que señalaba un Embajador español, parece que cuenta con la insensatez de quienes, debiendo preocuparse por el bien de los demás, se olvidan de las ansias de paz y libertad que hay en todo el mundo.

Manuel de la Hera Pacheco.-