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30.11.2008.

Knockout en Philadelphia, por Emmanuel Valles


Por: Redacción

Philadephia, 1956. Muchos golpes habían retumbado profundamente en los oídos de Bárbara Marciano. Desánimo y desilusión penetraron en las venas de muchos espectadores. Cada vez que la campana sonaba el campeonato mundial de boxeo se iba convirtiendo más y más en un sueño para Rocky Marciano.

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Knockout en Philadelphia

Emmanuel Valles

evalles@legionaries.org

 

 

Philadephia, 1956. Muchos golpes habían retumbado profundamente en los oídos de Bárbara Marciano. Desánimo y desilusión penetraron en las venas de muchos espectadores. Cada vez que la campana sonaba el campeonato mundial de boxeo se iba convirtiendo más y más en un sueño para Rocky Marciano.

 

No podía ver. Los ojos de Rocky estaban cerrados a rectos y ganchos dirigidos fuertemente hacia su cabeza. Walcott, el oponente, lo estaba tratando como su costal. “La gloria de Marciano es mera propaganda”. “Din din din”. Marciano ha escuchado la campana para empezar el 10º round. El sueño de su vida está en jaque…

 

Ser un campeón no fue fácil. Muchos años y litros de sudor rodaron sobre la frente de Marciano antes de poder abrazar la corona de la victoria. Pero antes de pensar que todo fue fácil, que todo sucedió como sucede en las películas de Hollywood, vamos juntos a los duros y a los maduros tiempos…

 

Brockton, Massachusetts.1947. Un joven y entusiasta deportista corre todos los días en “James Edgar Playground”, el parque local, en preparación para su carrera boxística. Muchos se ríen, otros lo ridiculizan: “Ahí va, el hijo de un indigente zapatero”. Pero el entusiasmo nunca falta en el corazón de este varón italiano.

 

Muy pronto, con un pobre y barato entrenamiento, y con su rudo y áspero estilo, Rocky Marciano sube al ring con un único compañero: “Tengo que ganar, no me importa el oponente”. Era el 12 de julio de 1948, en Providence, Rhode Island, Estados Unidos.

 

En la otra esquina, Harry Bilazarian agita sus brazos presumiendo la victoria. Pero el tiempo trajo la verdad: al minuto y medio del primer round, Harry gira 360 grados y se desploma en el suelo.  

 

De aquí en adelante, los obstáculos llovieron tratando de convencer a Rocky que él no era más que “el hijo de un mendicante zapatero”. Así, Marciano se presentó a uno, dos, tres entrenadores con el propósito de pelear a nivel profesional y ganar el título de campeón mundial. ¿La respuesta? “Eres lento, bajo y sin rastro de talento, tus brazos son cortos y tus piernas gordas y pesadas. En la vida serás todo, todo, menos un boxeador”.

 

Marciano, ni triste ni resignado siempre responde: “Déjeme pelear, y si pierdo, usted y yo nos olvidamos de todo esto”. “Está bien, muchacho. Mañana a primera hora, pelearás contra mi mejor hombre”. Ésta era la respuesta de todos los managers, y aunque Rocky siempre venció, nadie aceptó entrenarlo.

 

Y así, en la tormenta de la dificultad, Marciano clava con más ardor esta idea en su mente: “voy a ganar porque tengo las agallas para hacerlo”. Y así, las motivaciones y su ideal demolieron cada obstáculo que se presentó en el camino: tuvo dos fracturas en la mano, dos discos vertebrales dañados y su frente tenía más puntadas que un vestido de bodas… “voy a ganar”.

 

Cuando dejó su casa para ir a Nueva York y pelear a nivel profesional, los adioses de sus vecinos fueron burlas e indiferencia. En efecto, el era “el hijo de un pobre zapatero”.

 

De 1948 a 1952, Marciano sostuvo 41 peleas antes del campeonato mundial. Dado que nadie se convenció con su estilo de boxeo, Allie Colombo, su incondicional amigo, se convirtió en su manager y él fue testigo de las victorias de Rocky contra Tiger Lowry, Phil Muscato, Carmine Vingo, Roland LaStarza, Bill Wilson, Joe Louis, Harry "Kid" Matthews… Todos ellos, los mejores boxeadores de su tiempo, fueron derribados antes del quinto round. Ninguno rindió a Marciano. Pero no lo olvides: él era no más que “el hijo de un pobre zapatero”, muy cierto. Pero también fue él quien miles de veces se gritó a sí mismo “Tú puedes hacerlo”.

 

Y aquí estamos en el gran momento, debajo del ring, en Philadelphia, Pensilvania. Es el 23 de septiembre, 1956. Jersey Joe Walcott el retador. Aquí, Allie confesó: “a pesar de los fustigadores que aclamaban que Rocky era bajo, lento y sin talento en los puntos más esenciales de su carrera; la reciedumbre y el abrumante deseo de ganar, compensaron cualquier defecto en su estilo de pelea”. Entrenaba para cada pelea como si fuese la última. Y en su obsesión de ganar, tenía una casi inhumana habilidad de resistir la destrucción. Eso se vería aquélla noche de septiembre en Philadelphia, cuando al avanzar la pelea, aún los amigos más cercanos se dieron por vencidos. Fue ahí cuando el espíritu invencible de Marciano, más que otra cosa, quien lo cargó desde la borde de la obscuridad hasta el asalto del campeonato mundial de peso pesado. Era un hombre versado en los raros dotes de reciedumbre, coraje y determinación.

 

Desde el primer hasta el décimo round, Marciano sirvió de costal a Walcott. “Ese negro tiene algo en sus guantes, Allie”, gritaba Rocky cada vez que regresaba a la esquina del ring. Una rara combinación de aceite y una planta irritante puesta sobre los guantes de Walcott, cegaron a Marciano. Al final del octavo round, lo único que Rocky veía era una esfumada sombra de su oponente. “No puedo ver, Allie, tiene algo en sus guantes”. Allie, mirándolo fijamente a los ojos le dice: “No podemos hacer nada Rocky, deja que la sangre de tu frente riegue tus ojos. Por ahora sólo resiste”.

 

Hacia el décimo round, Rocky empezó a ver pero estaba ya machacado. Entonces le pregunta a Allie al llegar a la esquina: “¿Cómo va la pelea, Allie? “ “Mal, mal, Rocky. Si quieres ganar, tendrás que desenterrar la fuerza que no tienes, ir tras él y noquearlo. No hay ya manera de ganar esta pelea por puntos”.

 

Allie y Bárbara, la esposa de Rocky, eran los solitarios e incansables animadores de Rocky. Uno y todos en la arena se resignaron a aceptar la derrota de Rocky. Y repito, uno y todos se resignaron, excepto Rocky. Y así, Rocky, emergiendo de la oscuridad, y Walcott, presumiendo su aparente victoria, pensaron lo mismo: “Uno, dos, uno-dos-tres y te hundiré en el tierra”. Rocky estaba muy dable a la caída, pero muy decidido para la victoria.

 

Round décimo tercero. Rocky abre fuego sobre Walcott con ganchos y rectos hasta que Walcott acaricia el suelo. Walcott se paró, temblando y abofeteado hasta el mareo. Rocky lo sacude con más fuerza. Una brutal ráfaga de golpes le rebanó la cara. Walcott volvió a caer para no levantarse.

“Cuenta hasta 1,000. No se levantará”. Dijo Allie al árbitro cuando subió al ring para abrazar a Rocky y decirle: ¡Lo lograste!

 

Después, Rocky defendió cuatro veces el titulo de campeón mundial de peso pesado.

 

Sin duda, ser un campeón fue todo un reto. Pero sobre hay que fijarse en su actitud interna: “Todo hombre lleva en su interior esa ruda e impetuosa voz que le grita: Levántate y pelea hasta que noquees a tu enemigo y escuches al árbitro contar no diez sino mil”. Rocky Marciano.


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