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29.12.2008.

Dignificar la política, por Pablo Cabellos


Por: Redacción

La comunidad política se constituye para servir a la sociedad civil, de la que deriva. Aunque ambas están recíprocamente vinculadas, no son iguales en jerarquía y fines, puesto que la política está para utilidad de la sociedad civil y, en último término, de las personas y grupos que la componen.

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Dignificar la política
 
 

 
Pablo Cabellos  
 
 

La comunidad política se constituye para servir a la sociedad civil, de la que deriva. Aunque ambas están recíprocamente vinculadas, no son iguales en jerarquía y fines, puesto que la política está para utilidad de la sociedad civil y, en último término, de las personas y grupos que la componen. Para ello, es imprescindible que la comunidad política cumpla su fin, regule sus relaciones con la sociedad a la que sirve según el principio de subsidiariedad y procure el bien común, que es el mismo fin de la sociedad. A este respecto –como ha recordado repetidas veces el magisterio eclesiástico con una idea valedera para todos–, la democracia se edifica no sólo por las decisiones de la mayoría, sino en la perspectiva del bien efectivo de todos los miembros de la sociedad civil, incluidos los minoritarios. 

Es natural que en la convivencia democrática haya muy distintas opiniones sobre el modo de lograr los objetivos sintéticamente citados. Pero en cualquier caso, desde el Gobierno o en la oposición, los diversos cargos deberían ejercerse con la exigencia de un compromiso riguroso y articulado, de manera que, con las aportaciones de la reflexión en el debate político, en la elaboración de proyectos y en las decisiones tomadas, se evidenciara la componente ética de la vida pública. Los auténticos cambios sociales serán efectivos y duraderos si no se desvían de su fin y promueven así la dignidad de la persona. Es la ética más elemental. 

Eso no sucede cuando la vida política se convierte en un campo de Agramante en el que, en lugar de proposiciones serias, se verifica una lucha dialéctica –no precisamente de juegos florales–, en la que prevalece el ingenio para crear el insulto, la descalificación o hundimiento del adversario. Quizá olvidan el sabio consejo de Cervantes de que más vale una palabra a tiempo que cien a destiempo. No es raro encontrar a nuestros hombres públicos enganchados a una frase del que milita en terreno opuesto, para enzarzarse en una discusión cuando menos estéril, seguramente ofensiva y, desde luego, lesiva para el ciudadano que observa atónito la pelea de patio de colegio, totalmente ajena a los intereses de las personas y de la sociedad. Alguien dijo que la burla o la fácil ridiculización no necesitan la menor inteligencia. También es útil recordar que es preferible no hablar si las palabras son peores que el silencio. 

El hombre público debe respetar una ética capaz de centrarlo en su tarea, sin marcharse por las ramas que no importan al bien común y que solamente se dirigen a la captación de votos por el medio poco noble de linchar al adversario. El político ha de buscar trabajo para todos; cuidar las familias; favorecer el desarrollo de la libertad, que no será tal si no respeta los derechos del individuo y de las sociedades intermedias; crear medios para la paz social; cumplir con el derecho efectivo de los padres para elegir la educación que deseen para sus hijos; promover la solidaridad y la justicia; ayudar al diálogo que busca acuerdos reales; desarrollar las posibilidades de acceso a vivienda y sanidad adecuadas; y, por resumir, impulsar constantemente que los derechos humanos sean una realidad. En el momento actual habría que añadir el esfuerzo de todos para salir de la crisis económica que, a mi parecer, es algo más que eso. 

Me parece, pues, que necesitamos mujeres y hombres cuyo móvil principal no sea el de mantenerse en el poder (del país, del partido, del sindicato, etc.) a cualquier precio, sino el de un auténtico servicio. Escribió Teresa de Calcuta que quien no sirve para servir, no sirve para vivir. Todo esto parece una utopía, pero si no se busca, toda persona y toda sociedad devienen en peor. Seguramente tenía razón Beethoven al decir: «El único símbolo de superioridad que conozco es la bondad». 
 

En Almudí


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