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6.1.2009.

La importancia de la filosofía


Por: Javier Úbeda Ibáñez

El mal que nos aqueja encuentra una de sus causas en el pensamiento filosófico que hoy hacen los hombres, por propia iniciativa o recibiendo la filosofía de otros, en una cadena hacia atrás que se remonta bastante lejos.

5 comentarios



El mal que nos aqueja –relativismo moral, crisis de valores- encuentra una de sus causas en el pensamiento filosófico que hoy hacen los hombres, por propia iniciativa o recibiendo la filosofía de otros, en una cadena hacia atrás que se remonta bastante lejos. Lógica conclusión: dejemos de filosofar de un modo que justifique el totalitarismo, el desprecio de la vida, el consumismo; dejemos la filosofía que quite sensibilidad ante el pecado, y que lleve a la incapacidad para hablar de Dios claramente. 

Algunos piensan que la filosofía es necesariamente un estudio desvinculado de todos los problemas prácticos. Puede sorprender entonces que la intención de los Papas al recomendar la filosofía sea muy práctica. Pero lo es, porque este saber interesa no como un frío ejercicio académico, sino como remedio eficaz –necesario, aunque insuficiente por sí sólo- contra un intolerable estado de cosas. La llamada del Magisterio se dirige a todos los que trabajan en tareas intelectuales. Ninguno de éstos puede desentenderse absolutamente de la filosofía, sobre todo hoy, en que casi todos los errores prácticos disponen de una filosofía propia, con sus manuales, sus profesores y hasta su tradición escolar. 

¿Por qué tiene tanto influjo la filosofía hoy? ¿Por qué muchos tienden a leer obras de Marx, Nietzsche, Sartre o cualquier otro filósofo actual, para entender al menos lo que puedan? Entre otras cosas, porque las características de la cultura contemporánea conducen a los hombres a nutrirse del pensamiento, a contar con una teoría acerca de lo que es el mundo, el hombre y la realidad. Esto es natural en cierto modo, porque el hombre es un ser racional, que vive y se mueve con su inteligencia. Pero hay otro motivo: en los tiempos en que la vida cristiana florecía en casi todas partes, la enseñanza de la doctrina de la fe, al responder a los problemas más hondos de la vida (problema del más allá, sentido del dolor, valor del hombre, etc.), satisfacía esta exigencia natural, de paso que la elevaba al orden sobrenatural y rompía así con toda posible duda. Pero si las personas no cuentan con la fe cristiana, ni con religión alguna, es mucho más lógico que se lancen en brazos de la filosofía para pedirle a ésta todo, es decir, las respuestas a los últimos interrogantes del hombre. 

Para un cristiano la filosofía no tiene ese valor desmesurado. Sin embargo, su papel instrumental es imprescindible en las tareas que exigen manejar una concepción acerca de lo que es el hombre, el universo, la realidad. Tareas que son propias de los intelectuales, de los hombres de ciencia, los educadores, los políticos, y también de los teólogos. La teología, por ejemplo, necesita utilizar conceptos estudiados por la filosofía, para comprender el alcance de las palabras contenidas en las fuentes de la Revelación, para entender correctamente quién es el Dios que nos habla, qué significa que Dios asuma la naturaleza humana en la persona del Verbo, etc. 

Cuando se debe acudir a estos conceptos fundamentales, la filosofía hace puntual acto de presencia, normalmente en forma de libros que se han leído, de clases a las que se ha asistido, es decir, en forma de autoridades científicas. Y el Magisterio de la Iglesia quiere decirnos que busquemos esta autoridad primordialmente en Santo Tomás, porque la experiencia demuestra su eficacia. El Concilio Vaticano II ha insistido en la necesidad de considerar siempre a Santo Tomás de Aquino como maestro y doctor, porque sólo a la luz y sobre la base de la “filosofía perenne” se puede fundar el edificio tan lógico y exigente de la doctrina cristiana. La filosofía de Santo Tomás es filosofía del ser, es decir, del actus essendi, cuyo valor trascendental es la vía más directa para elevarse al conocimiento del Ser subsistente y Acto puro, que es Dios.   

El Magisterio de la Iglesia no pretende que repitamos de un modo pasivo y literal todo lo que dijo Santo Tomás, y sólo lo que él dijo. Desea que los intelectuales se pongan en contacto vital con los principios fundamentales del tomismo en el campo filosófico y teológico; recomienda que sean fieles a esos principios; sugiere que utilicen sus obras, que las lean y se familiaricen con ellas, y que apliquen lo que allí aprenderán a problemas perennes y también actuales. Probablemente esto es lo que haría Santo Tomás si hoy viviera.  

En cualquier obra humana el paso del tiempo se nota. Los estilos de escribir cambian; surgen problemas nuevos; los temas de estudio se renuevan. Por eso, para aprovechar un filósofo profundo que vivió en el pasado, cuyos principios bien pueden estar presentes y operativos en momentos posteriores, es necesario que haya personas que recojan su tradición y la desarrollen de un modo vivo; hace falta un esfuerzo para aprender a leer sus obras, entrar en sintonía con su vocabulario, distinguir los aspectos esenciales de los accidentales. Así lo hizo, por ejemplo, Santo Tomás con Aristóteles, un filósofo que le precedía en 17 siglos.  

¿Es necesario entonces actualizar a Santo Tomás, ponerlo al día? Desde luego, pero hay que entender bien este proceso de actualización del tomismo. No se trata de sacar lustre a una venerable pieza de museo, de buscarle un honroso sitio en la galería de las figuras célebres del pensamiento. La filosofía perenne de Santo Tomás es actual, porque la verdad es siempre actual. Es cierto que en sus obras se encuentran algunos puntos caducos, que pertenecen a la visión científica de su tiempo (por ej., sus habituales ejemplos sobre los astros celestes, los cuatro elementos, los cuerpos graves y leves). Pero esos aspectos son accidentales, y mucho más minoritarios de los que podríamos pensar, porque el Aquinate, a diferencia de otros autores como el mismo Aristóteles, no está muy preocupado por cuestiones científicas particulares, sino que se enfrenta directamente con el problema metafísico. 

Si el Doctor Angélico prueba la existencia de Dios, su prueba es tan legítima en su época como hoy. La alternativa que se nos presenta para emitir un juicio sobre doctrinas históricas, no es si son antiguas o modernas, sino si son verdaderas o no. Y si lo son, ante ellas debemos ser discípulos. 

“No basta repetir –en palabras de S. Pinckaers- la Summa, y glosar sus textos. Las palabras no nos pueden trasmitir por sí solas la realidad viviente que significan. Los textos tomistas no llegarán a sernos plenamente significativos, más que si nosotros mismos encontramos personalmente –en la fe- al Dios que inspiró a Santo Tomás y que nadie puede descubrir en lugar nuestro” 
 

ALGUNOS ENLACES RELACIONADOS: 

http://multimedios.org/docs/d000001/

http://www.mercaba.org/Filosofia/AQUINO/marco_aquino.htm

https://www.zenit.org/article-11493?l=spanish

http://www.alfayomega.es/revista/2007/531/14_libros.html

http://www.camineo.info/news/137/ARTICLE/1569/2007-01-29.html

http://medieval.holafilosofia.com/2008/01/09/vida-y-obra-de-santo-tom%C3%A1s-de-aquino.aspx

http://www.aciprensa.com/noticia.php?n=15538

http://www.mercaba.org/Filosofia/AQUINO/tomas_y_el_magisterio.htm

http://www.autorescatolicos.org/jesusmartiballesterpervivencia.htm

http://ec.aciprensa.com/a/aeternienci.htm

http://www.statveritas.com.ar/Doctores%20de%20la%20Iglesia/SFA-Biografia.htm

http://www.conoze.com/doc.php?doc=8798

http://www.vidasejemplares.org/santotomasdeaquinoesp.htm

http://es.catholic.net/conocetufe/633/1512/

http://www.filosofia.com.mx/index.php?/perse/archivos/la_importancia_de_pensar/


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