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30.11.2007.

La verdadera madurez: vivir los mandamientos


Por: Fernando Pascual

Sus amigos, sus padres, el párroco: todos le decían que no se casara con aquel señor divorciado. Pero ella insistió, cerró los oídos a todo consejo y se casó por lo civil. A los pocos meses ya estaban separados.

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La verdadera madurez: vivir los mandamientos
Fernando Pascual

Equipo Gama

 

Sus amigos, sus padres, el párroco: todos le decían que no se casara con aquel señor divorciado. Pero ella insistió, cerró los oídos a todo consejo y se casó por lo civil. A los pocos meses ya estaban separados.

 

Sus compañeros de parroquia le habían avisado que con esos amigos iba a tener problemas. Pero aquel joven no hizo caso. Quería llevar “su” vida sin que nadie le estorbase. Acabó en un hospital, a punto de morir, por una sobredosis de droga.

 

Sus padres le habían aconsejado que no leyese aquel libro lleno de mentiras. Pero como todos hablaban de esa obra, aquella universitaria decidió comprarla y darle un vistazo. Perdió la fe.

 

Las tres escenas anteriores, en miles de formatos que varían de persona a persona, se repiten continuamente. Desde luego, la historia no acaba allí: quienes han llegado a una situación de fracaso, de derrota, de engaño, de desorientación moral, de pérdida de fe, de pecado, pueden recuperarse, pueden convertirse, pueden volver al buen camino.

 

Pero surge la pregunta: ¿es posible recorrer el camino de la vida sin pasar por esos malos momentos? ¿Son capaces los adolescentes, los jóvenes, los adultos, de prevenir un mal paso para mantenerse en el camino del bien?

 

Algunos consideran que es imposible evitar las caídas, los pecados, las desgracias provocadas por uno mismo. El hombre es libre, tiene una ambición profunda de autonomía, quiere vivir sin ataduras ni mandamientos.

 

Sólo después, más tarde o más temprano, uno descubre el engaño del pecado. Tal descubrimiento es acompañado por una profunda pena interior. Muchas veces quedan dolorosas secuelas en uno mismo y en los demás. El pasado no perdona: hay heridas que duran años y años.

 

Existen, sin embargo, adolescentes, jóvenes y adultos que saben evitar las ocasiones de pecado, que vigilan y que rezan para no caer en la tentación, que piden consejo y lo acogen seriamente, que dicen “no” a las ocasiones de peligro.

 

La actitud de estas personas, según algunos, podría originarse de un miedo infantil al fracaso. Otros añaden que la grandeza del ser humano radica en la libertad que sabe decir “no” a las normas externas y que acepta el riesgo y las derrotas como parte necesaria del camino para madurar.

 

Pero lo anterior es sumamente falso. Porque no es un camino necesario para madurar el secundar los propios caprichos, egoísmos e injusticias. Porque cada fracaso deja siempre heridas dolorosas. Porque la verdadera madurez consiste precisamente en vivir según los buenos principios, en percibirlos como válidos, en cerrar las puertas al egoísmo para vivir con el deseo profundo de amar y servir a los hermanos.

 

Hemos de desenmascarar la mentira y no creer que hace falta pecar para ser más maduros. El pecado, por sí mismo, nunca nos puede llevar a ser buenos. Optar por el propio capricho destruye. Buscarse a uno mismo como el centro de la propia vida engendra la frustración y el fracaso. Vivir según las ocasiones, con ansias por aprovechar placeres fugaces (a pesar de que duren meses) como si fuesen nuestra meta es abrazarse a un río que escapa y nos deja áridos y sin amor.

 

Es cierto que algunos llegan a descubrir la grandeza de la vida honesta después de pasar por el triste llanto del fracaso y la caída. Pero otros interiorizan la belleza de los Mandamientos y de la vida cristiana sin haber vivido el trago de malas experiencias.

 

Todos podemos comprender, a cualquier edad, que las normas éticas, los mandamientos de Dios, la fidelidad a los buenos principios, no son una limitación, sino una luz que indica un horizonte de bien y de alegría, para uno mismo y para los demás.

 

Las familias, los catequistas, las escuelas, tienen como parte de su misión hacen ver esto a los hijos y a los jóvenes. La enseñanza de la fe católica no puede limitarse a dar prohibiciones sin mostrar, al mismo tiempo, la belleza del cristianismo. De lo contrario, los adolescentes se cansarán y buscarán aventuras fuera de las normas recibidas.

 

Pero si la enseñanza cristiana es ofrecida en toda su riqueza, como cauce que nos orienta al encuentro con Dios y al compromiso por la justicia y la caridad, entonces llega a lo profundo de los corazones y desencadena, en quienes están bien dispuestos, ese deseo de bien que es propio de las almas grandes y buenas.

 

El Papa Benedicto XVI lo explicaba así a los jóvenes: (Los mandamientos) “conducen a la vida, lo que equivale a decir que ellos nos garantizan autenticidad. Son los grandes indicadores que nos señalan el camino cierto. Quien observa los mandamientos está en el camino de Dios (...) No nos son impuestos de fuera, ni disminuyen nuestra libertad. Por el contrario: constituyen impulsos internos vigorosos, que nos llevan a actuar en esta dirección. En su base está la gracia y la naturaleza, que no nos dejan inmóviles. Necesitamos caminar. Somos lanzados a hacer algo para realizarnos nosotros mismos. Realizarse, a través de la acción, en verdad, es volverse real. Nosotros somos, en gran parte, a partir de nuestra juventud, lo que nosotros queremos ser. Somos, por así decir, obra de nuestras manos” (a los jóvenes durante su visita a Brasil, 10 de mayo de 2007).

 

La enseñanza de Cristo nos invita a mirar hacia la meta verdadera: el cielo. Y si el cielo es amor, nos pide que vivamos cada mandamiento, aquí en la tierra, como parte de nuestra vocación auténtica y plena: amar sin medida.


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