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Enviar a un amigo20.6.2009.
Vivir la grandeza de la humanidad
Por: Manuel de la Hera
Es frecuente sentirse muy a gusto cuando se contempla alguno de esos numerosos y variados paisajes que se encuentran cuando se camina en busca del sosiego interior, que se necesita después de un tiempo de agobio y de presiones o condiciones para la actuación personal. No hace falta que sean paisajes de maravilla; lo fundamental es que propicien el encuentro con la serenidad.
Vivir la grandeza de la humanidad Es frecuente sentirse muy a gusto cuando se contempla alguno de esos numerosos y variados paisajes que se encuentran cuando se camina en busca del sosiego interior, que se necesita después de un tiempo de agobio y de presiones o condiciones para la actuación personal. No hace falta que sean paisajes de maravilla; lo fundamental es que propicien el encuentro con la serenidad. Mi viejo amigo el marinero me ha contado, muchas veces, lo bien que se sentía cuando veía amanecer en la mar, sin otra ocupación que la de velar por el mantenimiento del rumbo de la embarcación mientras el resto de la tripulación descansaba. Todo lo que la luz del amanecer iba descubriendo, desde la pequeñez del hombre a la importancia de la misión que le corresponde cumplir, iba apareciendo de forma gradual para que nada quedara oculto; era nacer de nuevo. Lo mismo le ocurría a aquella otra persona que, en el desierto, cada tarde se alejaba del campamento lo necesario para estar sola y poder contemplar cómo el sol se sumergía y desaparecía en la mar. En cualquier lugar hay ocasión de aprovechar un rato para encontrar lo que el alma necesita. Nos lo pide por nuestro bien, para que podamos afrontar con serenidad el camino a seguir, cualesquiera que sean las dificultades que puedan existir. Ese tiempo de meditación personal que todos necesitamos puede que no disponga de las circunstancias de mi viejo amigo el marinero, en la mar, y de aquél otro amigo que por un tiempo vivió en el desierto, pero hay que procurar hacer un hueco en eso que es el programa que cada día se nos presenta, porque es conveniente para que veamos con claridad que la grandeza de la humanidad es ocuparse, por amor y con amor, del sufrimiento y de los que sufren. Es tiempo, ese, de encontrar la paz del alma, sin dar entrada a esas cosas - pocas o muchas, las que sean - que a lo largo de cada día han ido llegando a nuestra mente tratando de hacerse con ella, de ganarla para uno u otro fin y hasta, en ocasiones, recurriendo a tal o cual disciplina sin tener en cuenta el sufrimiento que para cada persona pueda suponer la aceptación de algo que va contra el bien, la verdad y la justicia; ese sufrimiento que, por amor, es constitutivo de la grandeza de la humanidad. No se comprende ese afán por impedir que el hombre pueda vivir, con todas sus consecuencias, la grandeza de la humanidad; no se entiende ese afán por disminuirlo, por hacerlo insensible a lo que es la verdad de su vida y de la sociedad en la que vive y a la que se debe. No se debe intentar poner puertas a lo que es la voluntad del hombre en el servicio personal que debe cumplir consigo mismo y con el resto de la sociedad. ¿A qué viene ese afán de dominar al hombre, de someterlo al interés de otro u otros que no saben o no quieren conocer y respetar lo que es la grandeza de la humanidad?. Tal vez no hayan tenido la oportunidad de meditar personalmente, en esa soledad del hombre con su conciencia, sobre la libertad que ha de respetarse para que el hombre decida lo que, en conciencia y por amor, debe hacer en beneficio del bien, la verdad y la justicia. Es necesario hacer de la vida propia una serena y firme dedicación a la grandeza de la humanidad, por medio de toda cuanta renuncia sea necesaria de lo que pueda apartarnos del sufrimiento en la sociedad. A veces será nuestro egoísmo, no saber o no querer renunciar a lo que nos aparta del bien, de la verdad o de la justicia; o puede que sea una pérdida de libertad. Donde quiera que toda persona se encuentre es necesario que se ocupe de tener un rato, cada día, de encuentro con la meditación personal para preguntarse si está siendo fiel a la grandeza de la humanidad. Lo necesita para su bien y el de todos. Manuel de la Hera Pacheco.- 19.Junio.2009









