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29.6.2009.

BRISA FRESCA


Por: Javier Peña

Estamos en un mundo muy acalorado y no es por el mítico calentamiento global con el que intentamos evadirnos de muchas responsabilidades, culpabilizando a los trolls o a las hadas, a seres o circunstancias que invariablemente estarán fuera de nosotros. Tampoco es por un calor estacional que se repite cíclicamente. El mundo está que arde por nuestras propias pasiones y por los muchos abusos de una sociedad instalada en el carpe diem, un bienestar material que justifica todo tipo de desafueros contra nosotros mismos. Esa utilización de mi corporeidad como si fuera un elemento ajeno a mi propio ser, un envase de usar y tirar.

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BRISA FRESCA

 

Estamos en un mundo muy acalorado y no es por el mítico calentamiento global con el que intentamos evadirnos de muchas responsabilidades, culpabilizando a los trolls o a las hadas, a seres o circunstancias que invariablemente estarán fuera de nosotros. Tampoco es por un calor estacional que se repite cíclicamente. El mundo está que arde por nuestras propias pasiones y por los muchos abusos de una sociedad instalada en el carpe diem, un bienestar material que justifica todo tipo de desafueros contra nosotros mismos. Esa utilización de mi corporeidad como si fuera un elemento ajeno a mi propio ser, un envase de usar y tirar.

Sólo existo como persona en cuanto soy una conjunción de cuerpo y espíritu; una verdad que me hace diferente a cualquier otro ser de este mundo y con quien no cabe ninguna comparación, por mucho que se empeñen desde el reduccionísmo materialista para someter nuestra libertad. Algo muy triste, aunque quiero ver motivos de esperanza. Mi óptica es la de tantos voluntarios, más cada día, consagrados a la noble y libre tarea de ayudar a los demás como una vocación, un sacerdocio. Ellos mantienen nuestra confianza de que podemos neutralizar este gran sofoco.

Yo suelo tratar con un voluntariado adulto y podría haber pensado que son personas que vienen de vuelta de muchas cosas y que, finalmente, han optado por buscarse una ocupación o por dar paz a sus conciencias. Me alegra poder decir que no es así porque, en general, son personas muy sensibles y de gran corazón, que saben de soledad y de carencias. Lo que, siendo muy bueno, es insuficiente. Hemos alumbrado (véanse cierto foros) nuevas generaciones con raíces poco profundas y con ciertos contravalores difíciles de corregir. ¿Qué va a pasar, después?

Pues bien y como decía un hombre sabio, sólo con abundancia de bien se neutraliza el daño. Una gran reto para dar ánimo a una juventud que sabe recapacitar, como nos ha demostrado. Por mi parte, puedo decir que he tenido la suerte de conocer a una joven encantadora que es voluntaria en Radio María. Sin embargo, lo que de verdad me cautivó fue la transparencia de sus ojos, los volantes y encajes de su sonrisa. Ella fue ungüento amarillo, bálsamo o brisa para una epidermis abrasada por la inquietud e imagen de que cabe un futuro esperanzador.

Brisa fresca, fue lo que esta flor de la alegría: Marguerite, me hizo percibir. Sencilla belleza que quisiera contemplar, cada mañana, en la mirada de todos y de cada uno de nuestros jóvenes. Flor de esperanza para dulcificar tantos calores. Flores que se cultivan con delicadeza y cariño.

Javier Peña Vázquez  *  Málaga


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