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7.7.2009.

Religión civil


Por: José María Aiguabella

Uno de los rasgos característicos de la Modernidad es la secularización. Es frecuente oponer el mundo secularizado al cristianizado.

5 comentarios


Uno de los rasgos característicos de la Modernidad es la secularización. Es frecuente oponer el mundo secularizado al cristianizado. Considero conveniente para no caer en simplificaciones esquemáticas realizar unas precisiones previas, que pongan de manifiesto que secularización no debe equivaler necesariamente a descristianización. Así trataré de distinguir, a mi entender, entre clericalismo, secularización y laicismo, para no confundir.

a) Planteamiento o actitud clerical: considera que el poder espiritual y temporal tienen el mismo origen y finalidad. Su ejercicio coincide con un único poder. Este planteamiento caracteriza, por ejemplo, al Islam fundamentalista o más de un nacionalismo.

b) Planteamiento o actitud secularizadora: tanto el poder religioso como el político tienen un origen Trascedente. En cambio, sus fines son distintos: el poder espiritual persigue el bien común en lo sobrenatural, mientras que el político lo persigue en lo temporal. Según este planteamiento lo temporal gozaría de autonomía, sin que por ello deje de estar en relación con una perspectiva trascendente. Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

c) Planteamiento laicista: el poder político no tiene en su origen y en su finalidad ningún elemento trascendente.

Entiendo la  religión civil como “piedad civil”; como intento de que personas de distintas confesiones religiosas e ideológicas puedan participar en condiciones de igualdad en la vida política, en el absoluto respeto a la libertad de conciencia. Con la sacralización de los valores de la religión civil se pueden favorecer comportamientos cívicos basados en valores éticos, que a través de rituales públicos, liturgias cívicas o políticas, contribuyan al orden en colectividades heterogéneas. Constituyen una sociolatría o politolatría terrenas; un trascedentalismo mundano no sobrenatural.

La falta de espacio necesario para que la religión y la cultura políticamente dominante se encuentren y generen unas relaciones bilaterales, sospecho que pueda conducir a la formación de una religión política, que por su naturaleza, al basarse en una ideología explícita, que tiende a confundirse con partidos o formaciones totalizantes,  tienda a apoderarse de la religión civil.

La negación de la existencia de la ley natural, de principios objetivos sobre los que asentar  el ordenamiento social o su marginación a la privacidad autista, conlleva una inseguridad a cerca de los fundamentos mismos de la humanidad. Si la definición del bien y el mal dependen de la estadística, lo que hoy se considera pernicioso, mañana la variación de la aritmética sociológica podrá convertirlo en una excelencia moral. En definitiva, el referente ya no es si algo es moralmente bueno o malo, sino si es constitucional o no. De manera que, un cambio de constitución es suficiente para invertir la situación moral, al dictado de la tiranía de la mayoría circunstancial.

Aprecio un peligro grave en el abandono de los valores religiosos o simplemente espirituales por las sociedades democráticas que las puede conducir, lenta pero inexorablemente, al totalitarismo o si se prefiere al “despotismo dulce” del que hablara Tocqueville.

Una sociedad de hombres mentalmente clónicos, de momento, indiferentes a los demás, que aspiran a llenar su alma con pequeños y vulgares placeres. Por encima de ellos, un poder inmenso que les esclaviza procurándoles nuevos derechos -como si éstos o su dignidad humana pertenecieran al leviatán de turno- bajo una apariencia minuciosa y dulce. ¿Por qué no sucumbir a la tentación de que les quite la preocupación de pensar, incluso, llegado el caso,  el esfuerzo de vivir?

La pulsión totalitaria, que inexorablemente tienta a cualquier poder, inclina a éste al intento de poseer el alma de los ciudadanos, a los cuales hay que preservar del descarrío ideológico, mediante el establecimiento obligatorio de una religión política (¿civil?). Prohibido resistirse. Si alguien no quiere ser libre, se le obligará a ser libre. ¡Faltaría más!

Hay preguntas fundamentales que requieren urgentes respuestas. A saber:

-¿Todo debe estar en el Estado y nada fuera del Estado?

-¿Son los hijos de sus padres o lo son del Estado?

- ¿Es el Estado el dios mortal que establece la religión  en la que es obligatorio creer?

- ¿Puede el Estado sustituir los derechos naturales por los que en cada momento decida concedernos?

El pensamiento libre está en decadencia. Pensar por uno mismo cuesta esfuerzo y tiempo. Es fácil decirse ¿para qué pensar si me lo dan resuelto? “Dadnos televisión y hamburguesas, y no nos fastidiéis con las responsabilidades de la libertad”.

¿Tiene que ser todo así? No necesariamente. Con la libertad humana hay que contar siempre. Es posible que reaccione. Es posible una revitalización de la democracia y, sobre todo, la revitalización moral a que instan las insistentes demandas de una “ética común”.  

Urge evitar que la tan necesaria rebelión de las masas, ante el pensamiento único y estatista,  quede reducida a masa amorfa, sumida en una adolescencia con canas, es decir, en la inmadurez  perpetua.

Aldous Huxley lo expresó acertadamente:

“Un Estado totalitario realmente eficiente, es aquél en el que las élites controlan a una población de esclavos que no necesita ser coaccionada porque en realidad ama esta servidumbre”.

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