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Enviar a un amigo8.7.2009.
Una vida más sabrosa, por Adolfo Guémez
Por: Colaborador
La palabra disciplina a veces nos rechina en los oídos. Nos recuerda las imágenes de una maestra dándole reglazos a un niño travieso, o de un militar serio y bien erguido. Sin embargo, está es una imagen viciada de la virtud de la disciplina, que más bien consiste en el modo en que cada uno vive su propia vida.
Conseguir lo que se quiere no es siempre fácil. De hecho, las cosas que más anhelamos suelen ser las más costosas. Y si uno realmente ha hecho la decisión de obtenerlas, no es difícil que llegue a convencerse de la necesidad de una disciplina que le auxilie en el logro de sus objetivos. La palabra disciplina a veces nos rechina en los oídos. Nos recuerda las imágenes de una maestra dándole reglazos a un niño travieso, o de un militar serio y bien erguido. Sin embargo, está es una imagen viciada de la virtud de la disciplina, que más bien consiste en el modo en que cada uno vive su propia vida. ¿A la misma hora o cuando me dé la gana? No cabe duda que el mundo está lleno de contrastes. Y el tema de la disciplina no es una excepción. Un primer extremo nos lo describe Mark Twain en su célebre libro Las aventuras de Tom Sawyer. En un momento, Tom busca convencer al reticente Huckleberry Finn de que si regresaba a vivir con la viuda de Douglas, su vida sería mejor. Después de varios argumentos, recurre a una carta desesperada: «Si haces la prueba un poco más de tiempo, ya verás cómo acaba de gustarte.» Huck, un niño acostumbrado a vivir a sus anchas, sin horario ni exigencias, le respondió a bocajarro: «¡Gustarme! Sí, ¡como me gustaría un brasero si tuviera que estar sentado encima el tiempo que fuera necesario!» Y con esto continuó su vida abandonada e incontrolada. Esa es la tipificación exacta de una persona indisciplinada: cualquiera hábito o rutina le resulta insoportable. A veces esto puede resultarnos atractivo, pero en realidad, la espontaneidad salvaje en todo lo que hacemos no nos hace más felices. Por el contrario, la vida es hermosa porque a cada paso nos ofrece las oportunidades para conquistar nuestros ideales. Esto no quiere decir que una vida disciplinada nos debe llevar al otro extremo. Se cuenta que Emmanuel Kant, filósofo alemán, todos los días seguía un horario exactísimo y muy metódico. Su puntualidad era tal, que la gente de su pueblo podía ajustar su reloj cuando lo veía dar su ordinario paseo por las tardes. Creo que el profesor Kant exageraba un poco… una cosa es vivir una vida disciplinada, y otra hacer de la vida una disciplina pura y dura. Pero esto tampoco le quita ningún valor a la virtud de la que estamos hablando. Y entonces, ¿qué? Entonces hay que lograr un equilibrio. Por un lado, tu vida debe estar llena de espontaneidad y creatividad. Por otro, ha de estar acompañada de una buena disciplina. El modo más fácil de formarla es con el cumplimiento fiel de los compromisos que cada día nos presenta: tender la cama, ser puntual a las citas, mantener un orden en las cosas, comer a mis horas… Tu lema debe ser: prudente en determinar, diligente en ejecutar. La disciplina no está peleada con la alegría, sino con la dejadez y el abandono. Haz la prueba y verás que con un poco de ella, tu vida sabrá mejor. Todo el mundo conoce el tipo representativo de la falta de insubordinación: el del individuo inadaptable a la vida social, en el corazón de una indisciplina que expresa, en última instancia, una carencia absoluta de dominio sobre sí. Afortunadamente, este tipo es la excepción. Por muy evidentemente preferible que sea para él la docilidad, ésta no deja de ofrecer grave inconveniente de deliberar el psiquismo superior y favorecer la inercia, llegando incluso a suprimir la actividad de la facultad discernidora. Los indisciplinados comenten por sí mismo faltas, delitos y aun crímenes. También los cometen los dóciles, los que no saben reaccionar ante los ejemplos perniciosos, ni resistir a las sugestiones, ni hacer frente a la intimidación. Para éstos la última persona que les hable “tiene la razón”. Tal o cual honrado empleado, de irreprochable conducta hasta hoy, y al que vemos, con estupor, incurrir en grandes extravíos, es un ser dócil. He aquí por qué es muy conveniente cultivar la independencia individual. Tanto en los detalles como en las grandes líneas de vuestra vida habéis de procurar por vosotros mismos y a la luz de vuestra sabiduría, de vuestra experiencia y de vuestro juicio, la orientación que debéis de imprimir a vuestras acciones. Tened en cuenta las advertencias, Solicitadlas incluso, si emanan de personas calificadas para poder iluminar vuestra decisión, pero reservad ésta para el último momento. Preguntaos por qué obráis de tal o cual manera y comprobad si los móviles de vuestra conducta se ajustan perfectamente a vuestros principios directivos, a vuestras profundas intenciones, a vuestra integridad psíquica o a vuestro intereses, averiguad se satisfacéis vuestra propia voluntad o la ajena. Pronto descubriréis la parte heterosugestión o de afán de aprobación que ha contribuido un momento de inatención. Reflexiones de este género os ayudarán más circunspectos en lo futuro. Vuestro cambio de carácter será verosímilmente notado y comentado; pero esto no debe ejerce en vosotros in fluencia alguna. Persistid en vuestros propósitos, sean cuales fueran los comentarios que vuestra mudanza de carácter haya motivado. Vuestra actitud serena, ponderada, pero inflexible, modificará poco a poco la del ambiente en el que viváis.









