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29.7.2009.

El podio de la vergüenza


Por: Alberto Fortea Laguna

De sobras conocido por todos es que las relaciones entre España y Francia, los dos vecinos pirenaicos, nunca han gozado a lo largo de la historia de unas relaciones demasiado fluidas. Esta rivalidad histórica, arrastrada desde los tiempos en los que las dos potencias se disputaban la hegemonía mundial y que vivió su punto más candente con la invasión gala de España por parte de las águilas napoleónicas en 1808, provoca que todavía hoy, en pleno S. XXI los dos países mantengan cierta desconfianza mutua.

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De sobras conocido por todos es que las relaciones entre España y Francia, los dos vecinos pirenaicos, nunca han gozado a lo largo de la historia de unas relaciones demasiado fluidas. Esta rivalidad histórica, arrastrada desde los tiempos en los que las dos potencias se disputaban la hegemonía mundial y que vivió su punto más candente con la invasión gala de España por parte de las águilas napoleónicas en 1808, provoca que todavía hoy, en pleno S. XXI los dos países mantengan cierta desconfianza mutua. Obviamente, los gobiernos de turno niegan con rotundidad estas diferencias, amparándose en la colaboración de ambas naciones en la lucha contra el terrorismo etarra, pero éstos no dejan de ser gestos de cara a la galería, que a estas alturas ya ninguno nos tragamos. El pasado domingo se escribió un episodio más en este cuento de nunca acabar.
            
París fue esta vez el escenario del despropósito. Los Campos Elíseos para ser más exactos, junto al Arco del Triunfo. Allí, un español, madrileño, de Pinto, Alberto Contador, se coronó por segunda vez como rey del Tour, lo que conlleva la cuarta victoria española consecutiva en la ronda gala. Parece ser que a los franceses eso de que España les moje la oreja en su propia casa con tanta rotundidad no les hace demasiada gracia, por lo que constantemente intentaron desacreditar a Contador ahora y a Sastre y Pereiro anteriormente acusándoles de dopaje y de un sinfín de tropelías sin fundamento alguno.
 
Que a los franceses les hierva la sangre de envidia por ver a un español triunfando en su querida vuelta ciclista resulta hasta cierto punto comprensible. Pero algo mucho más grave es pasar de la crítica popular o periodística a ofender deliberadamente a una nación de más de cuarenta millones de habitantes que se llama España. Y eso precisamente es lo que ocurrió el domingo en la capital del Sena. La escena, ya conocida por todos fue la siguiente. Contador se encontraba en lo más alto del podio luciendo sonriente el mallot amarillo que le acreditaba como ganador del Tour. Hasta ahí todo normal, pero para “sorpresa” de todos, al anunciar por megafonía la interpretación del himno español en honor al pinteño no fueron los acordes de la Marcha Real los que sonaron, sino los del himno danés, que nada tenía que ver con el asunto. Por si esto fuera poco, más patético todavía resultó el intento de corrección del “error”, ya que al final del acto se interpretó nuestro himno nacional pero con una versión fugaz, más propia de una discoteca o de la banda de La Legión. Cuanto antes nos quitemos el problema de encima mejor, debió de pensar la orgonización del evento.
 
Lo que no se les debió de pasar por la cabeza es que con este acto sobrepasaron el límite de lo que es una rivalidad sana y pasaron a la ofensa de más baja calaña moral. Con los símbolos no se juega señores franceses, ni con nuestra bandera,  ni nuestro escudo ni nuestro himno. Ni con los nuestros ni con los de nadie, porque por encima de la rivalidad, están la educación y el respeto. Y el hecho no fue una mera anécdota, como incluso desde España se trata de hacernos ver. Fue un insulto gravísimo que requiere una disculpa oficial por parte de las autoridades francesas, tanto a Alberto Contador como a todo el pueblo español, al cual él representaba en ese momento.
 
No obstante, no menos desacertado se ha mostrado en este asunto el Gobierno de España, como les gusta decir a ellos. Lamentable la actitud del Secretario de Estado para el deporte, Jaime Lissavetzky, presente en París y que no dijo esta boca es mía, al igual que el resto del gabinete de ZP. No quiero ni imaginar lo que hubiera ocurrido si en lugar de haber sido el himno español el que sufrió el complot, hubiera sido el norteamericano, el británico, el alemán o la propia Marsellesa sin ir más lejos. Seguro que los responsables no se hubieran ido de rositas. Pero amigos, esto es España, el único país del mundo donde que se burlen de tu himno provoca la risa e incluso la simpatía más despreciable de aquellos que se autodenominan “progres”.
 
Pero para unos pocos, lo que sucedió el pasado domingo fue una vergüenza total y absoluta. Fue el podio de la vergüenza. Gracias a Dios, siempre nos quedará esperanza para cantar el himno, empezando por Aguirre.
 
Alberto Fortea Laguna


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