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Enviar a un amigo14.9.2009.
La guerra de Afganistán, una trampa para Zapatero y su "Alianza de Civilizaciones"
Por: Manuel Cruz
Los ataques de los talibán a las fuerzas españolas integradas en el despliegue militar de la OTAN, han planteado una vez más en nuestra sociedad, hasta qué punto es necesaria nuestra presencia en el lejano país asiático, al tiempo que se multiplican las encuestas “on line” que arrojan una mayoría favorable a una retirada como la de Iraq, ordenada por Rodríguez Zapatero en los primeros días de su anterior legislatura
Los sentimientos “pacifistas” afloran así, una vez más, en una sociedad que se ha habituado a huir de los conflictos mundiales e, incluso, de los internos: la responsabilidad, el esfuerzo, el servicio y hasta el honor se han perdido en los meandros del relativismo que tanto se esfuerza en primar el placer y el hedonismo como instrumento electoral. No es tiempo de “sangre, sudor y lágrimas” sino de sexo, botellón y porros, con todas sus secuelas de vicios sociales. Pero no nos desviemos de Afganistán porque la cuestión de fondo que debiéramos plantearnos –y no solo en España- es hasta qué punto el “mundo civilizado” tiene derecho a imponer una democracia en un país dominado durante siglos por los clanes tribales y sometido a unos hábitos religiosos y culturales diametralmente opuestos a los derechos humanos. Pero los afganos de todas las tribus –no solo los talibán, influidos por el fanatismo de la secta islamista “deobandi”- son, por encima de todo, unos celosos defensores de su forma de vida, incluida la marginación absoluta de la mujer en la sociedad, que han sido capaces de derrotar a dos grandes imperios del siglo pasado: el británico y el soviético. No es cosa ahora de recordar esta historia de guerras, guerrillas y terrorismo. Pero no puede olvidarse el inmediato antecedente del levantamiento popular contra la dominación comunista, alentada por los Estados Unidos y Arabia Saudita dentro de la “guerra fría” y que terminó con la vergonzosa derrota del Ejército Rojo... y el abandono de los afganos en manos de los “señores de la guerra”... y de un fanático Osama Ben Laden que no dudó en convertir el país en el santuario de su red de “Al Qaída” que, en sus primeros momentos, no se olvide, fue un aliado estratégico de la CIA. Lamentarse ahora del error cometido por la Administración norteamericana –Clinton, Bush...- al dejar a los afganos a su suerte, resulta una pérdida de tiempo, porque lo que pudo ser no fue... La primera guerra de Golfo, con la implantación de una base militar norteamericana en la “tierra sagrada” de Arabia Saudita, provocó la hostilidad de un Ben Laden crecido que no dudó en declarar la guerra a la familia real saudí así como a Estados Unidos. No se trataba de una baladronada porque el 11 de septiembre de 2001, después de los atentados contra el destructor norteamericano “USS Cole” y la embajada norteamericana en Nairobi, vino el ataque contra el Pentágono y las Torres Gemelas de Nueva York, detonante de la guerra total contra el terrorismo declarada por el presidente Bush y cuyo primer objetivo fue el régimen “talibán” que se había impuesto en Kabul. Afganistán quedó a merced de Estados Unidos... y de los “señores de la guerra” que se aliaron estratégicamente con el más fuerte, algo que no había conseguido la ya desaparecida URSS. La diplomacia internacional se hizo cargo entonces de establecer un sistema democrático que, después de múltiples esfuerzos, consiguió llevar a Kabul un presidente afgano, Hamid Karzai, con el encargo de establecer una democracia donde nunca había existido. La triste realidad es que Karzai, cuya presunta victoria electoral en las recientes elecciones presidenciales ha sido ya denunciada como un fraude por su principal opositor y antiguo colaborador, Abdullah, nunca ha podido llevar su autoridad más allá de Kabul. La población afgana, por su parte, apenas ha podido ver un mínimo cambio de vida que le haga adicta a las libertades. Cierto es que Estados Unidos y las grandes democracias han derramado miles de millones de dólares en una reconstrucción del país... que se han perdido en los meandros de la corrupción, al tiempo que se ha disparado el cultivo del opio bajo la protección de los clanes de dudosa lealtad al poder central. Se añade a ello el juego maquiavélico de un belicoso Paquistán que lo mismo ayudaba a Estados Unidos que a los “talibán” refugiados dentro de sus porosas fronteras, sin dejar de padecer por ello los zarpazos del terrorismo islamista. En definitiva, si la OTAN está en Afganistán, y con ella los soldados españoles, no es solo para proteger a la incipiente democracia impuesta por la comunidad internacional, sino para proseguir el combate contra el terrorismo mundial. Ni los “talibán” han llegado a ser del todo derrotados, ni Ben Laden ha sido capturado, ni “Al Qaída” ha desaparecido. El dilema, pues, que se plantea al mundo occidental, que ha asumido su papel de “protector” de unas libertades desconocidas por los afganos, es muy simple: o se mantiene la presencia militar extranjera para continuar la guerra contra el terrorismo o se deja a los afganos que se las arreglen solas con sus demonios ancestrales. Cualquier respuesta, sin embargo, tendrá gravísimas consecuencias. Continuar la guerra al terror es convertir Afganistán en otro Vietnam para todos los aliados occidentales, con su correspondiente escalada militar que no tendrá límites ni en el número de tropas ni en el tiempo. Abandonar el país supondría dejarlo en manos de los “talibán” que, de manera inmediata, lo convertirían el en un nuevo emirato de los primeros tiempos de Mahoma, así como en el santuario definitivo de todos los terroristas islámicos, empezando por “Al Qaeda”. No hay otra alternativa que vencer o salir con el rabo entre las piernas. En este contexto, Zapatero lo tiene un poco complicado. Ya no puede alegar que Afganistán no está en guerra y que los soldados españoles se encuentran allí como miembros de una caritativa ONG repartiendo agua y tiritas. Tampoco puede esgrimir su contradictoria “Alianza de Civilizaciones” para convencer a los “talibán” de que dejen de enviar terroristas suicidas a los mercados de Kabul, como en las guerras de Gila. Pero, eso sí, puede retirarse para satisfacción de los familiares de los soldados y de sus aliados de la izquierda, a costa de contrariar a un Obama... que todavía no sabe qué hacer en los próximos meses. En todo caso, a Zapatero se le ha agotado en Afganistán su repertorio de mentiras “pacifistas”. Afganistán puede convertirse en su pesadilla apenas los soldados españoles empiecen a sufrir las consecuencias de las ofensivas de los terroristas, hasta ahora disfrazados de “delincuentes comunes”.









