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30.10.2009.

Como siempre, Gallardón


Por: Juan Pablo Sánchez Vicedo

Gallardón, asomado a los abismos del fracaso, ha enviado un kamikaze para volar el PP con Mariano y Esperanza dentro.

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Gallardón, asomado a los abismos del fracaso, ha enviado un kamikaze para volar el PP con Mariano y Esperanza dentro. El vicealcalde o vicemuñeco suicida explota y se destripa en El País, un periódico que también amenaza ruina, y por eso el espectáculo es una tragicomedia colectiva, como ocurre en todos los finales de época.


Aquí se ha dicho varias veces que la crisis española es económica pero también moral y política, porque el tinglado constitucional del setenta y ocho no es democrático y algunos hemos tardado demasiado en darnos cuenta. Mea culpa. El tinglado se apoya en una colección de sobreentendidos alimentados por la clase periodística, que vive en simbiosis con la política como si el PSOE, el PP y las bandas nacional-terroristas del Estado fueran accionistas de las empresas mediáticas. Uno de los sobreentendidos de nuestros días es la idoneidad de Gallardón para adiestrar a una derecha salvaje, predemocrática, pseudofranquista. Las mentiras se desmontan una a una. Primera: la derecha no es más salvaje que la izquierda o que los nacional-terrorismos de la puta España. Segunda: Gallardón no es el político valeroso y listo que nos venden por ahí; los hechos demuestran, a quien no se niegue a verlos, que el alcalde es tonto y que en los momentos decisivos se caga de miedo. Es tonto porque ofende a las bases de su partido para ganar la simpatía de quienes, por sectarismo, nunca votarán al PP aunque Gallardón sea el candidato. Y es un cagón porque, cuando hay que luchar de cara, en un congreso regional o en una entrevista-bomba, envía al desgraciado de Cobo como el que envía un borrego al matadero. En el fondo, Gallardón no cree en sí mismo. Lleva muchos años sacando halagos del Grupo Prisa sin dar el gran paso al frente. No confía en su propio partido -normal, después de tanto afrentarlo- y por eso quiere presidirlo mediante designación por un jefe aplastado por la presión de los editoriales de El País.


Gallardón ha sobrevalorado a Prisa y ha ligado su suerte a la de ese grupo, que, sin Polanco y con deudas, se arrastra cuesta abajo. El cobarde y atontado alcalde ya no tiene padrino que le valga. Hoy los editoriales de El País no impresionan a nadie. Embrutecido por la frustración, Gallardón quiere morir matando para, al menos, evitarse el desconsuelo de ver en La Moncloa a alguno de sus peores enemigos. La primera de todos, claro está, Esperanza Aguirre.


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