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30.12.2009.

Redes sociales


Por: Miguel Aranguren

Reconozco que fui su enemigo en los primeros pasos de las redes sociales. Me llegaban cascadas de mensajes de personas ofertándome su amistad con un soniquete mecánico que no terminaba de comprender.

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Redes sociales

Miguel Aranguren | miguelaranguren.com

 Reconozco que fui su enemigo en los primeros pasos de las redes sociales. Me llegaban cascadas de mensajes de personas ofertándome su amistad con un soniquete mecánico que no terminaba de comprender. En ocasiones me las doy de purista y defiendo a capa y espada que la amistad es virtud que acrisola el tiempo. El tiempo y las alegrías compartidas. El tiempo y las dificultades compartidas. El tiempo y los dolores llevados en parihuelas. Así que, de buenas a primeras, que el correo electrónico se me transformara en una especie de tertulia me producía suspicacias, entre otras cosas porque nunca termino de asombrarme ante las soledades del mundo de hoy: siempre tan lleno, siempre tan rápido.

 

Por otro lado, me había llegado la preocupación de padres y maestros, desarmados ante las horas que los adolescentes pierden frente a la fría pantalla del ordenador. Y de las relaciones no siempre inocentes que su insensatez provoca. Y de internet convertido en un patio de corrala en donde poner a caldo a un tercero bajo el escudo de una falsa identidad. Y de la suplantación de personalidades para juegos más que sucios y otro puñado de miserables prácticas de las que se aprovecha la candidez de quienes son fáciles de engatusar gracias a una colorida web.

 

Así que me resistí. Hasta que, por casualidad, alguien me habló de las redes sociales como herramienta para dar a conocer mis trabajos literarios. Y de las redes sociales como debate político frente a los cauces habituales –siempre tan pocos, siempre tan tasados- que ofrece la democracia. Y de las redes sociales como altavoz de opinión. Y de las redes sociales para generar grupos a los que unirse por un ideal. Y de las redes sociales como alternativa a los mensajes cada día más obsoletos de la publicidad tradicional. Y de las redes sociales como cruce de caminos en el que encontrarse con tanta gente a la que habíamos perdido las huellas.

 

De todo lo enumerado, tal vez lo más sorprendente sea comprobar cuantas personas, a lo largo y ancho del mundo, portan sobre su historia nuestro mismo nombre y apellido. Aunque parezca un juego tonto, no lo es si consideramos la individualidad con la que cada uno de nosotros nos entendemos con esos sustantivos propios que nos acompañan desde la cuna y que harán guardia el tiempo que nuestra memoria tarde en disiparse sobre la tierra.

 

Por otro lado, las redes sociales han logrado fragmentar aún más las distancias espaciales entre los hombres. No hace tanto, mantener la amistad con una persona que vivía a más de doscientos kilómetros de nuestra casa suponía un esfuerzo de creatividad: poner una conferencia, escribir una carta, enviar una postal…, ejercicios que nos obligaban a tener presente, durante buena parte del día, a aquella baraja que configuraban los amigos de la diáspora. Hoy, sin embargo, la inmediatez de, incluso, una conversación escrita ha roto la magia que suponía aguardar la llegada de noticias. Y a quien tenemos lejos podemos considerarlo mucho más pendiente de nosotros que a aquel que vive en nuestra misma ciudad.

 

Al fin y al cabo, al amigo que comparte con nosotros la misma urbe le separa la distancia infinita de los atascos, de la incompatibilidad de horarios, de las vidas distintas que unos y otros llevamos. Sin embargo, al que se encuentra en las antípodas, más allá del estrecho de Magallanes lo terminamos por tener hasta en la sopa gracias a las alertas, los chats, las notas…, verbigracia cualquier nomenclatura de este universo electrónico en constante formación.

 

Gracias a las redes sociales puede seguirse la vida de algunas personas, minuto a minuto. Nos avisan de cuándo están conectados, de cuándo se van a comer, de cuándo comienzan sus vacaciones o de en qué lugar podrá encontrárselos durante el fin de semana. Es una radiografía a impulsos de la rutina, una novela a pequeños saltos, lo que demuestra que cada cual ha descubierto en esta diminuta ventana al mundo un recreo de libre expansión.

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