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7.1.2010.

Ese regalo que esperabas...


Por: Manuel de la Hera

Has esperado algo, aunque fuera pequeño, casi inapreciable para los demás pero que para ti era de una riqueza extraordinaria, con un valor especial y bien distinto de esos otros valores ligeros que son como relámpagos lejanos que desaparecen nada más nacer.

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Ese regalo que esperabas...


Hasta última hora has estado pendiente de todos los detalles, de todo lo que ocurría cerca de ti y de ese otro ámbito, más general, en el que tus ideas e ilusiones tienen algún punto de unión. Has esperado algo, aunque fuera pequeño, casi inapreciable para los demás pero que para ti era de una riqueza extraordinaria, con un valor especial y bien distinto de esos otros valores ligeros que son como relámpagos lejanos que desaparecen nada más nacer.

No ha llegado el regalo que esperabas y te has entristecido: era mucha tu ilusión y mucha también la necesidad de él. Te has acercado hasta el río de los olvidos - ese al que dejas caer tus lágrimas llenas de pena - y has esperado alguna señal de vida, aunque fuera sólo como una mirada lejana, como una ligera llama de fuego que se apaga, como un atardecer con cielo gris y horizonte tomado por la fría y densa niebla en la que se sumerge la luz de la esperanza.

Algo te ha parecido ver - o adivinar entre esas aguas tristes del río de los olvidos - que te ha hecho abrir en tu corazón una rendija a la luz de la esperanza; algo que no sabes si es sólo deseo pero que acaricias como el principio de una realidad que has deseado toda tu vida, ya larga y gastada por el tiempo y los avatares de cada día, tan cambiantes por razones y sinrazones, por necesidades lógicas y también por caprichos y falta de madurez en los actores de algunas que otras escenas, a veces demasiado largas y muy penosas.

Por eso sigues esperando ese regalo al que nunca quisiste renunciar. Es triste esa espera, que se hace larga y dolorosa, pero no quieres renunciar a ella; a la esperanza que todo espera supone, a la entrega de todo tu ser queriendo ver como llega hasta ti - aunque sea muy gastada por el tiempo - la luz del amor con el que siempre soñaste. Ese amor que conduce a la paz entre todas las gentes. Ese amor que no separa a unos de otros, sino que los une con fuerza y los anima a trabajar juntos para alcanzar ese objetivo maravilloso que es la verdad.

Es cierto que duele mucho la herida que se produce cuando falta lo que tanto se había soñado; lo que tanto había merecido esfuerzo y sacrificio - no sólo tuyo sino de muchas otras personas tan queridas - pero las heridas hay que procurar curarlas o, cuando menos, reducirlas a una muestra, a una pequeña señal que, en todo caso, sirva de recuerdo en cada momento y también de aliento para la esperanza de recibir lo que tanto se desea, lo que tanto se necesita para que el espíritu se aquiete y el trabajo que lleves a cabo te sirva de alegría.

¿Por qué has de renunciar a ese regalo que tanto has deseado, que ha sido parte principal del quehacer de tu vida?. No pierdas la esperanza y sigue trabajando, cada día, en esa labor llena de amor, en esa palabra con la que das a conocer el valor de tu pensamiento, en ese gesto con el que se abre en acogida todo tu ser, en esa mirada limpia y clara que no tiene doblez y ofrece total confianza.

Merece la pena, créeme, seguir esperando ese regalo de tus mejores sueños; pero lucha por él con todo entusiasmo y sin temor. Es la razón de tu vida; el dar lo que tienes con todo amor.

Manuel de la Hera Pacheco.- 6 Enero 2010

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