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29.3.2010.

Preservar la identidad de la escuela católica


Por: Fernando Pascual

Una escuela no puede sobrevivir sin una buena administración económica. Esto vale tanto para escuelas públicas como para escuelas privadas, también si éstas asumen como propio un ideario católico.

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Preservar la identidad de la escuela católica


Fernando Pascual | fpa@arcol.org

 

Una escuela no puede sobrevivir sin una buena administración económica. Esto vale tanto para escuelas públicas como para escuelas privadas, también si éstas asumen como propio un ideario católico.

 

En algunos lugares, las escuelas católicas están en peligro de extinción. La falta de ayudas públicas, situaciones de crisis, leyes salariales que implican fuertes costos, el aumento del precio en las colegiaturas, llevan a la pérdida de alumnado y al déficit económico. Además, existen lugares donde se da una fuerte competencia entre escuelas, hasta el punto que unas roban el alumnado a las otras.

 

Ante situaciones de este tipo, se hace imprescindible adoptar medidas que permitan a las escuelas católicas sobrevivir, pues de lo contrario la quiebra se convertiría en el desenlace inevitable para muchas de ellas.

 

Tales medidas, sin embargo, no pueden llevarse a cabo sin salvaguardar principios esenciales que preservan la propia fisonomía de las escuelas católicas. Uno es precisamente su identidad católica.

 

La escuela católica no puede renunciar a sus principios de fondo por hacerse más atractiva y más "competitiva". Si la sal se vuelve sosa, ¿para qué sirve?, nos recuerda el Evangelio (cf. Mc 9,50). Una escuela católica que, para "venderse", asumiese idearios y métodos contrarios a los principios básicos de la fe sería un contrasentido e incluso un grave fraude hacia los padres que desean una buena formación cristiana de sus hijos, y hacia toda la Iglesia, que confía en las escuelas católicas como auténticas promotoras de cultura imbuida de Evangelio.

 

Los principios básicos de la escuela católica están enumerados, de una manera especialmente autorizada, en la declaración "Gravissimum educationis" del Concilio Vaticano II. En la misma podemos leer indicaciones como las siguientes:

 

* La educación cristiana no sólo busca una completa formación humana, sino que también ayuda al desarrollo personal de dimensiones como las de la fe, la oración, el culto, la vida en Cristo, la vida comunitaria y apostólica (n. 2).

 

* Las escuelas católicas deben promover un clima que permita el desarrollo de la vida cristiana (n. 8).

 

* Los profesores de las escuelas católicas han de tener una buena preparación profesional y ser capaces de desarrollar una auténtica acción apostólica (n. 8).

 

En el documento aparecen otras indicaciones de diverso tipo que no recordamos ahora. Queda clara la intención de la Iglesia de convertir a las escuelas (colegios, institutos, universidades, etcétera) católicas en auténticos centros de cultura y de evangelización, por lo que resulta esencial en estas instituciones una profunda vida de fe, un horizonte de esperanza y una activa caridad (hacia dentro, entre quienes forman la comunidad académica, y hacia afuera, hacia la sociedad en sus distintas dimensiones).

 

En un importante discurso a la asamblea diocesana de Roma (11 de junio de 2007), el Papa Benedicto XVI afrontó algunos de estos temas y los situó dentro del contexto del relativismo actual que dificulta la transmisión de "valores fundamentales de la existencia" y que llevó al Papa a hablar de una auténtica "emergencia educativa".

 

Benedicto XVI formulaba, entonces, la pregunta: "¿cómo proponer a los más jóvenes y transmitir de generación en generación algo válido y cierto, reglas de vida, un auténtico sentido y objetivos convincentes para la existencia humana, sea como personas sea como comunidades?"

 

No damos una respuesta correcta a esa pregunta, seguía el Papa, si la educación queda reducida "a la transmisión de determinadas habilidades o capacidades de hacer, mientras se busca satisfacer el deseo de felicidad de las nuevas generaciones colmándolas de objetos de consumo y de gratificaciones efímeras".

 

Si una escuela católica abdica de sus principios fundamentales, por razones de mercado o por presiones de otro tipo, ha perdido su identidad: ha dejado de ser sal, como ya dijimos. Frente a este peligro, seguimos con el discurso del Papa, hace falta tener siempre presente el fin de la educación, "que es la formación de la persona a fin de capacitarla para vivir con plenitud y aportar su contribución al bien de la comunidad".

 

La tarea de la Iglesia, en nuestro contexto cultural, es enorme, y la escuela católica puede hacer una labor inmensa a favor de la educación de la fe. Benedicto XVI lo expresaba con estas palabras: "el compromiso de la Iglesia de educar en la fe, en el seguimiento y en el testimonio del Señor Jesús asume, más que nunca, también el valor de una contribución para hacer que la sociedad en que vivimos salga de la crisis educativa que la aflige, poniendo un dique a la desconfianza y al extraño 'odio de sí misma' que parece haberse convertido en una característica de nuestra civilización".

 

Ante la "emergencia educativa" hace falta, subrayaba el Papa en el discurso citado, ayudar a los niños, adolescentes y jóvenes "a encontrarse con Cristo y a entablar con Él una relación duradera y profunda. Sin embargo, precisamente este es el desafío decisivo para el futuro de la fe, de la Iglesia y del cristianismo, y por tanto es una prioridad esencial de nuestro trabajo pastoral: acercar a Cristo y al Padre a la nueva generación, que vive en un mundo en gran parte alejado de Dios".

 

En ese sentido, se hace patente una faceta fundamental de la educación católica: sin la ayuda del Espíritu Santo es imposible llevar adelante una tarea tan exigente. Así lo recordaba Benedicto XVI en el discurso que estamos evocando: "Son necesarias la luz y la gracia que proceden de Dios y actúan en lo más íntimo de los corazones y de las conciencias. Así pues, para la educación y la formación cristiana son decisivas ante todo la oración y nuestra amistad personal con Jesús, pues sólo quien conoce y ama a Jesucristo puede introducir a sus hermanos en una relación vital con él".

 

Igualmente, seguía el Papa, hace falta que la educación cristiana se desarrolle en un auténtico contexto de amor, sobre todo para superar el clima de aislamiento y de soledad propio de nuestro tiempo. Frente a este clima, "resulta decisivo el acompañamiento personal, que da a quien crece la certeza de ser amado, comprendido y acogido".

 

Benedicto XVI concretaba aún más esta idea: "este acompañamiento debe llevar a palpar que nuestra fe no es algo del pasado, sino que puede vivirse hoy, y que viviéndola encontramos realmente nuestro bien. Así, a los muchachos y los jóvenes se les puede ayudar a librarse de prejuicios generalizados y a darse cuenta de que el modo cristiano de vivir es realizable y razonable, más aún, el más razonable, con mucho".

 

En una carta con fecha de 21 de enero de 2008, y en un discurso dirigido a los obispos italianos el 28 de mayo de 2009, el Papa volvió a insistir en el tema de la "emergencia educativa", como señal de que estamos en una situación sumamente delicada (en una "emergencia") que exige respuestas incisivas en un clima de fe, de oración, de amistad con Cristo.

 

Ello no implica dejar de lado la necesaria atención a temas "mundanos", como la gestión administrativa y económica de las escuelas católicas: ya dijimos al inicio que sin dinero y sin buenas estructuras es imposible mantenerlas en pie. Pero lo que nunca debe faltar en una escuela católica es ese ambiente de fe, de esperanza y de caridad que le da su fisonomía propia, y que tanto ayuda a los alumnos y a sus padres a progresar en su vida cristiana.

 

Esa es la tarea que asumen y que viven los verdaderos educadores católicos, desde la luz del Espíritu Santo que acompaña e ilumina el caminar de la Iglesia en el tiempo hacia el encuentro definitivo con nuestro Señor.


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