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31.3.2010.

La realidad del bien común


Por: Max Silva Abbott

La verdadera “tierra de nadie” en que se convirtió Concepción con motivo de los saqueos perpetrados luego del terremoto, muestra muy a las claras lo que puede ocurrir cuando las condiciones mínimas de convivencia social se rompen.

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La realidad del bien común


Max Silva Abbott | msilva@ucsc.cl

 

La verdadera “tierra de nadie” en que se convirtió Concepción con motivo de los saqueos perpetrados luego del terremoto, muestra muy a las claras lo que puede ocurrir cuando las condiciones mínimas de convivencia social se rompen.

 

Lo anterior demuestra que se requieren ciertos requisitos básicos para permitir nuestra coexistencia civilizada. Y es a esto a lo que se ha llamado de forma clásica “bien común”, noción que es mucho más real, palpable y necesaria de lo que muchos creen.

 

Más allá de varias definiciones que explican qué es el bien común (y que suelen aludir “al conjunto de condiciones materiales y espirituales necesarias para el desenvolvimiento de los miembros de una sociedad”), creo que una de las explicaciones más claras que se han dado a este respecto es una del filósofo español Millán Puelles, quien hace ya varios años, definía al bien común como una “situación”, o si se prefiere –podríamos decir nosotros– una atmósfera, clima o ambiente que permiten el coexistir ordenado y pacífico de los sujetos para la realización de sus fines. Mas lo importante de esta simple definición es que alude precisamente a lo que faltó en los días posteriores al terremoto: aquella situación que hace posible el respeto al llamado Estado de Derecho, lo cual permite tener razonables garantías de que cada uno cumplirá con aquello que debe, que tendrá un comportamiento mínimamente honesto, al menos por temor al eventual castigo que el orden jurídico pudiera infringirle a posteriori.

 

Mas, si las condiciones para el respeto de la ley y por tanto, de los derechos de la población desaparecen o se ven notoriamente sobrepasadas, como fue el caso, y además, si la autoridad de turno no supo o no quiso tomar las medidas pertinentes (en este caso, decretar el estado de catástrofe y sacar al ejército a las calles a tiempo para restablecer el orden y evitar tantos desmanes), no nos sorprendamos de los resultados.

 

Al menos, lo ocurrido sirve para demostrar dos cosas: que el bien común, esta “situación”, no tiene nada de teórico, sino que por el contrario, es enorme y a veces cruelmente real: tan real, que los primeros en darse cuenta de su ausencia son los propios particulares, al verse afectadas, y a veces gravemente, sus actividades más normales y cotidianas. Y además, el segundo lugar, de los graves perjuicios a los que puede conducir un excesivo individualismo, o si se prefiere, cuando desaparece una visión social mínima que se requiere para que las cosas sigan funcionando; situación que no deja de darse en varios planos hoy en día, en que el notable individualismo reinante hace defender pretensiones no sólo injustas muchas veces, sino tremendamente dañinas para el todo social, para el bien común y en suma, para nosotros mismos.


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