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30.3.2010.

Las consecuencias de herir al oso ruso


Por: Ius Congens

Tengo ante mí las noticias que va emitiendo la agencia de noticias RIA Novosti sobre los atentados terroristas perpetrados en la red de metro de Moscú este lunes, 29 de marzo.

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LAS CONSECUENCIAS DE HERIR AL OSO RUSO
 
 


     Tengo ante mí las noticias que va emitiendo la agencia de noticias RIA Novosti sobre los atentados terroristas perpetrados en la red de metro de Moscú este lunes, 29 de marzo. Como cada vez que se produce un atentado de estas características, es lamentable, por lo indiscriminado del mismo y por las víctimas, siempre inocentes. El terrorismo es uno de los modos de guerra más infame e ilegítimo conocidos; sí, de guerra, con todas las letras, pues sino ¿por qué se estudia en todas las academias militares del mundo y es la preocupación más perentoria de los estados mayores de la Alianza Atlántica? ¿Cómo encuadrar entonces el manual FM 3–24 Counterinsurgency, convertido en libro de cabecera de muchos generales aliados?

     Cuantitativamente, sin embargo –y desde una óptica de análisis fría y objetiva–, no ha sido gran cosa: apenas treinta muertos y una setentena de heridos. El Estado ruso no se va a tambalear por ello. Si Estados Unidos no sucumbió al 11 de septiembre de 2001, mucho menos la Federación Rusa, veterana en atentados a raíz del conflicto de Chechenia e inmersa en un régimen autocrático donde la vida humana no tiene el mismo valor que en el espacio atlántico. De hecho, únicamente en un país occidental el terrorismo ha logrado su objetivo de provocar resultados desproporcionados en función de la violencia ejercida, consiguiendo en cierto grado la desestabilización y descomposición del Estado: España.

     Cualitativamente, sin embargo, las consecuencias pueden ser muy graves, y posiblemente en esto se parezca un poco –sólo un poco, eso sí– al caso español. Se trata del acicate ejercido sobre la élites políticas del Estado hasta un grado posiblemente no imaginado por los que planearon los atentados.

     La Rusia de Putin –la de Medvédev es la Rusia de Putin, no quepa ninguna duda– ha cifrado su principal objetivo de política exterior en volver a ser una gran potencia, y para ello intenta afianzar su influencia en el espacio exsoviético, especialmente en el Cáucaso y en Asia Central, con el fin de controlar no sólo los recursos energéticos que guardan estas regiones, sino también –y no es menos importante– las rutas de suministro del petróleo y del gas. Gracias a ello ha conseguido que la Unión Europea no posea una política energética común y ha afianzado su poder sobre la Europa del Este y Central a base de acuerdos bilaterales, entre los que sobresale su relación de privilegio con Alemania.

     Durante el mandato de Putin como presidente de la Federación y ahora como primer ministro, Rusia ha ejercido una presión política sobre los países de la Comunidad de Estados Independientes para salvaguardar los intereses rusos. Al oso ruso le interesa un área pacificada y sumisa. Para lograrlo, ha primado en su política regional el aspecto militar. Dos mecanismos ha desarrollado para la ejecución de sus pretensiones: el refuerzo de sus propias fuerzas armadas y el forzar por vía política la cooperación de antiguas repúblicas soviéticas en ambas regiones.

     En relación con lo primero, si bien es cierto que el ejército ruso sufrió un escandaloso declive durante la era Yeltsin, del que no se ha recuperado todavía, durante el mandato de Putin se ha efectuado un esfuerzo muy importante para modernizar y organizar determinadas unidades. Este es el caso del Distrito Militar del Cáucaso, que cuenta con un ejército aéreo –incluidas dos divisiones aerotransportadas– y con tropas de tierra –a las que añadir dos brigadas de infantería de marina– que suman el equivalente a un Frente de Ejército reducido. Estas tropas son las que se han empleado tanto en el conflicto de Chechenia como en la guerra con Georgia, en agosto de 2008. Y si bien, en suelo checheno no alcanzaron resultados excesivamente brillantes, una vez reorganizadas y equipadas, en territorio georgiano destrozaron en apenas tres días a cuatro brigadas enemigas, una de ellas instruida por asesores norteamericanos e israelíes según la doctrina militar de la OTAN.

     Respecto al segundo aspecto, ya en mayo de 1992 se creó la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, de la que forman parte la Federación Rusa, Bielorrusia, Kazajistán, Kirguizistán, Tayikistán, Armenia y Uzbekistán.  El 1 de abril de 2009 entró en vigor el Protocolo para la ayuda técnica y militar a los países de la OTSC en caso de agresión; pero más importante fue el acuerdo de composición de la Fuerza Colectiva de Reacción Rápida de dicha organización, firmado en Moscú el 4 de febrero de ese mismo año. Según manifestó al final de la cumbre el general Ayk Kotandzhán, director del Instituto de Estudios Estratégicos Nacionales del Ministerio de Defensa de Armenia, entre otras funciones, dicha fuerza «permitirá incrementar la eficacia de la lucha contra el terrorismo».

     Se ha informado que los dos atentados del metro moscovita se deben a dos mujeres suicidas. Aunque es todavía pronto para efectuar valoraciones –y a la hora de escribir estas líneas Moscú todavía no ha atribuido el acto a nadie, ni se ha reclamado por grupo alguno– todo apunta a la insurgencia islámica chechena. Recuérdese que fue ésta la primera en utilizar mujeres para este tipo de acciones, adelantándose a una práctica que luego se extendió a Oriente Medio. Probablemente, la insurgencia musulmana no pretendía sino golpear para recordar sus reivindicaciones soberanistas, para impedir que el gobierno –y sobre todo la opinión pública rusa –dé por zanjado un conflicto que, no obstante sigue abierto, aunque congelado por las armas y el silencio. Su execrable operación puede, aún así, despertar la ira de un régimen que desea, ante todo, consolidar su posición y su status en una región que considera crítica para sus intereses a corto y medio plazo.

     Por lo pronto, el presidente Medvédev ha anunciado la implantación de un régimen especial de seguridad nacional a partir del día de la fecha. Ello indica que la autocracia rusa se va a tornar más rígida, con un mayor protagonismo del componente militar y de los aparatos de seguridad en la política interior y exterior del gobierno. Como consecuencia más inmediata no sólo se vislumbra un mayor déficit de respeto a los derechos fundamentales en la Federación, sino también el peso, en las relaciones con la OTAN, Europa y Estados Unidos, de un sector resentido que los mira con desconfianza y hostilidad.

     También es de prever próximas acciones de fuerza tanto en Chechenia como en Inghusetia, que es posible se extiendan fuera del territorio ruso, en virtud de los compromisos contraídos en el marco de la OTSC, a Turkmenistán y Kazajistán. En estas últimas, el Kremlin no sólo aspira a terminar con la infiltración del radicalismo islámico, sino que tampoco puede permitirse una debilidad que permita a China afianzarse en la región. Conociendo cómo se conduce el ejército ruso, han desatado la cólera de un oso enfurecido. La sangre vertida en Moscú puede ser anegada por la que se derrame en las montañas que rodean tanto el Mar Negro como el Caspio.

     En una palabra, que no es de descartar que la voz del cañón vuelva a oírse en el Cáucaso, una vez más, con todo lo que implica para la paz y seguridad internacionales.


Zaragoza, a 29 de marzo de 2010
 

Ius Cogens.


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