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28.6.2010.

Saramago: un ateo insolente, por Luis Sánchez de Movellán de la Riva


Por: Colaborador

Hace unos días falleció el último poeta refinado y estalinista que estuvo siempre sentimentalmente ligado a su infancia, transcurrida en un pueblecito luso inencontrable en el mapa.

2 comentarios


Ello fue el origen de su poética y de su fervoroso radicalismo comunista. Ahora que los ojos maliciosos de José Saramago se han cerrado para siempre es el momento de repasar su amplia producción literaria, lo que quizás pueda explicarnos el largo camino recorrido por el Nobel portugués.

La biografía del escritor puede darnos la clave para explicar la radicalidad de sus posiciones ateo-laicistas y de su férreo dogmatismo marxista. La caída del Muro de Berlín, el desplome del comunismo y la liquidación del sueño soviético es como si no hubieran sucedido para Saramago. La traumática caída del materialismo histórico era un fenómeno que no mermó en absoluto las convicciones izquierdistas del intelectual lusitano. Fue un hombre que vio y vivió la realidad de cada momento bajo el prisma del marxismo más alcanforado y del sectarismo más desbocado. Su atrabiliaria mente ideologizada le hizo observar la realidad totalmente deformada, como si la contemplara a través de los espejos esperpénticos del Callejón del Gato.

Su infancia fue dura y pobre en la pequeña aldea de Ribatejo (donde nació en 1928), marcada por la vida solitaria y errabunda de un pastorcillo de cerdos junto a la mitificada figura de su abuelo analfabeto, elevado a modelo y paradigma de la sabiduría popular. Toda esta experiencia vital de los primeros años de su existencia pudo conducirlo hacia una literatura de tipo naturalista o costumbrista, como sucede en su primera novela Tierra del pecado (1947), pero Saramago pronto se da cuenta de su inclinación por la fábula y el mito, impregnada por un sutil y radical pesimismo, perfumado por una amarga y mordaz ironía.

El humor y la fantasía son los ingredientes naturales de su escritura, junto con su empeño de ejercer de ateo militante, que se van a mostrar en su producción literaria desde su libro de 1977, Manual de pintura y caligrafía, en el que narra filosóficamente la historia de un pintor que en un determinado momento decide realizar un cuadro para el mandante y otro para sí mismo. La prosa moderna de Saramago está compuesta de diálogos que se entrecruzan y se confunden en un discurso monologado, interior, que acoge una variedad de timbres y acentos diversos del lenguaje popular. Con la novela Una tierra llamada Alentejo (1980) –un gran fresco del Portugal campesino y latifundista- se introduce en una forma de escribir en la que mezcla tumultuosamente la oralidad y el mundo de lo fantástico. A ella siguen los libros “barrocos”, Memorial del convento (1982) y El año de la muerte de Ricardo Reis (1984) que le lanzan como escritor consagrado en todo el mundo: dos grandes cuadros históricos en los que la profusión del color, el exceso del contenido y la extraordinaria imaginación, junto con la sugestiva fuerza narrativa de la lengua, van a ser los elementos eficaces que fascinarán al lector.

De su vasta producción literaria (novelas, cuentos, ensayos, poesía) recordamos una de sus obras más polémicas y vergonzantes, El Evangelio según Jesucristo (1991), en la que presenta, desde una posición declarada y descaradamente atea, la figura de Jesús de Nazareth como la expresión del autoritarismo más descarnado que le imputa al Padre el sufrimiento de su Hijo. Igualmente la novela, La intermitencia de la muerte (2005), va a continuar la precedente línea saramaguiana de crítica ácida y mordaz, de sectarismo montaraz y nauseabundo, así como de ruidosa confrontación con las grandes instituciones religiosas y políticas.

En la obra literaria de Saramago, siempre trufada de una voluntad de acusación y denuncia salpicada de gruesas gotas de crítica acerada y amarga en su enfrentamiento con los representantes del poder o con el fenómeno de la religión, la ironía y la metáfora constituyen el gran recurso estilístico que va a transformar la denuncia social y la va a elevar a símbolo universal. Recordemos simplemente el tema de la peste, de la caverna del mito platónico, de la ceguera (con el que gana el Nobel en 1998), del hombre duplicado: modernas alegorías que remarcan una visión pesimista del mundo, ensombrecido por la violencia y la injusticia.


LUIS SÁNCHEZ DE MOVELLÁN DE LA RIVA, doctor en Derecho. Abogado y escritor

En Análisis Digital


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