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30.7.2010.

Ayuda ciudadana


Por: Martín Cid

Ayer tuve el placer de conocer a Frid. Estábamos en una terraza madrileña hablando en privado y sin megafonía (asunto éste importante) ni cámaras que nos grabasen ya que, sorpresa, sorpresa, no se trataba de una rueda de prensa.

3 comentarios


¿El tema? Poco importa ya que al lado teníamos a un camarada, libelo en mano, que tras su inofensiva cerveza sin alcohol ocultaba el más terrible de los resentimientos. Había empezado yo a ponerme un poco nervioso, y es que ya saben todos los lectores que soy un tipo modesto al que no le gusta demasiado figurar ni llamar la atención. Normalmente suelo proferir insultos y amenazar con el puro con marcar al cotilla cual caballo pero, y es que era por la mañana, aquel día intentaba parecer civilizado. El tipo en cuestión permaneció callado porque pueden imaginar que un ingeniero, un escritor y una profesora de arte impresionan más que un escuadrón de la Gestapo en el Festival de la Cerveza. Sí, permaneció callado pero el gesto comenzó a cambiar a medida que escuchaba cómo nuestra conversación evolucionaba hacia terrenos, digámoslo, poco marx-stalin-zapateristas.

Se levantó echando humo y sólo nuestro feroz aspecto le contuvo de atacarnos físicamente.
Lo cierto es que no es la primera vez que me pasa. Otro día fue más o menos lo mismo. Hablábamos con otra persona y estábamos bien cuando (éste sí) me dijo que no era políticamente correcto lo que estaba diciendo. Claro que es una conversación privada y yo reaccioné esta vez de una manera dialécticamente más violenta y me mantuve en mis trece (arguyendo asuntos de selección natural y especies inferiores).


Bien, quizá mis historias de bares no les interesen mucho pero obtengo de estos encuentros lecciones bastante imperecederas: el nuevo modelo social que se le ha impuesto al ciudadano medio (porque los que mandan siguen igual) ha calado hondo en ciertas clases sociales. Ya sin entrar en el asunto económico, el individuo parece entregado a esta nueva doctrina con ínfulas religiosas llamada social-democracia. Y es que les ha dado, en estos tiempos de bonanza económica (sí, no me he equivocado) un nuevo modo de vivir más allá de las anquilosadas estructuras de las sociedades antiguas. Al tipo en cuestión, lector de libelos y bien desinformado, se le otorga el derecho moral a intervenir en una conversación ajena para mostrar su desacuerdo y total rabia porque los argumentos que allí se esgrimen no encajan dentro de los mandamientos del partido social-demócrata de turno (los mandamientos son distintos según el grado de pobreza mental del dirigente en cuestión):


-Amarás al Estado sobre todas las cosas.
-No tomarás el nombre de Marx en vano.
-Pasarás un kilogramo métrico de tu padre y de tu madre, el Estado sabe lo que es mejor para ti.
-No matarás (a uno de los tuyos, que a los que no piensan como nosotros…). Este mandamiento nos lo podemos saltar a la torera en caso de tratarse de niñas de 16 años embarazadas.
-No robarás (porque no te hemos dejado nada que robar).
-Codiciarás con saña los bienes ajenos.

Ver a un social-demócrata convencido es un espectáculo que nadie debería perderse: tras una serie de estupideces que le confirman como miembro del club (tipo “yo reciclo”, “no fumo”, “no bebo porque es malo” y “como verduras porque es bueno”) llegamos a asuntos un poco más banales pero igual de serios, y es que un social-demócrata es una fotocopia perfectamente engrasada por la máquina propagandística estatal. Un social-demócrata convencido cree en todos y cada uno de los principios y como tal tiene la obligación moral de convencer a todos los que estén a su alrededor de la verdad de estos ellos. ¿Proselitismo? No, ellos no conocen esa palabra y mal-emplean otra: democracia.


El asunto más curioso de uno de estos individuos es que cree que todo se consigue a base de cosas como “pacto social” y “votos”. Dícese: que el cielo sea azul o no depende de la percepción del humano sobre lo celeste y, por tanto, si el 66,6% de los votantes opinan que es rojo pues… ¡Rojo!

Así, el individuo del otro día, buen conocedor de las estadísticas y las buenas costumbres gastronómicas, puede reprendernos tranquilamente porque él tiene razón como ese viejo eslogan que rezaba: come excrementos, mil millones de moscas no pueden estar equivocadas.


Son ahora las nueve menos cuarto y la taberna está ya llena de moscas. Creo que a las nueve y media ya estaré de nuevo en alguna tasca hablando sobre cualquier tema (no importa) en el que alguna minoría se sentirá ofendida. Ahora no tengo peligro, porque también soy minoría, la minoría que opina que este invento es sólo eso: un engaño.

por Martín Cid
http://www.martincid.com

**Martín Cid es autor de las novelas Ariza (ed. Alcalá, 2008), Un Siglo de Cenizas (ed. Akrón, 2009), Los 7 Pecados de Eminescu (e-book) y del ensayo Propaganda, Mentiras y Montaje de Atracción (editorial Akrón, 2010).


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