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31.7.2010.

Espíritu invencible


Por: Ius Congens

Que Corea del Norte es un importante factor de inestabilidad en la principal zona geoestratégica del mundo, el eje Asia–Pacífico, es un hecho evidente. Por eso extraña la ausencia, en los medios de comunicación, de un análisis de riesgos relativo a las maniobras militares iniciadas este pasado fin de semana por las Armadas de EE.UU. y Corea del Sur que responden al apelativo de «Espíritu invencible».

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Corea del Norte no es un actor geoestratégico, sino un problemático pivote geopolítico, en el sentido dado por Brzezinski: un Estado cuya importancia no deriva tanto de su poder y sus motivaciones como de su situación geográfica sensible y de las consecuencias que su condición de potencial vulnerabilidad provoca en el comportamiento de los jugadores geoestratégicos; en este caso China y EE.UU. y, en menor medida, Japón. El Estado norcoreano es un peligro para la paz y la seguridad en un escenario donde se desarrollan los dos tercios del comercio mundial, donde circulan los dos tercios de los principales activos financieros; un área que produce anualmente los dos tercios de titulados en nuevas tecnologías y donde se dan en mayor proporción los fenómenos de outsurcing  y offshoring entre economías consolidadas y economías emergentes. Esta tupida red de intereses provoca que sea un ámbito propicio a una competición diabólica, en varias dimensiones, entre una potencia hegemónica que considera imprescindible su presencia en el Este asiático para asegurar su supremacía en el siglo XXI, y una poderosa potencia emergente, China, que busca afirmar su liderazgo regional como un primer paso para lograr sus objetivos globales.

El ejercicio «Espíritu invencible», primero de una serie que se prevé desarrollar durante los meses próximos, implica a 20 buques de guerra –entre los que se encuentran el portaaviones norteamericano de la clase Nimitz USS George Washington y tres destructores, incluido el USS Jhon S. McCain–, 200 cazabombarderos –entre ellos 70 F–22 Raptor, en teoría inmunes a la detección por parte de los sistemas antiaéreos coreanos– y 8000 hombres. Su propósito, según los analistas, es doble: por un lado, intimidar a Pyongyang para impedir episodios como el hundimiento de la corbeta Cheonan  por un submarino norcoreano el pasado mes de marzo; por otro prevenir la actitud agresiva del sucesor del enfermo Kim Jong–il, su hijo Kim Jong–chul, considerado como un comunista radical, mucho más que su padre.

La hipótesis más probable es que las maniobras militares se llevan a cabo sin incidentes, o con algún incidente menor provocado por la vigilancia naval y aérea de las fuerzas de Corea del Norte. Eso sí, provocarán –ya lo están haciendo– una escalada verbal del régimen dictatorial de  Pyongyang–; pero, fuera de un deterioro calculado de la actividad diplomática, las amenazas de utilizar el arma nuclear por parte del mismo, no pasarán de simples bravatas. En cuanto a conseguir su efecto intimidatorio, es difícil de precisar, tanto más cuanto que Kim Jong–chul, que actualmente ya debe estar dirigiendo gran parte de la política de su país, es un gran desconocido para occidente y se ignora su determinación y su grado de ambición.

Es preciso atender, sin embargo, a la hipótesis más peligrosa, consistente en que la amenaza de utilizar armamento nuclear en respuesta a lo que el régimen comunista ha calificado unilateralmente como agresión, sea un riesgo real. ¿Lucubraciones de un pesimista recalcitrante o de un aficionado a la política–ficción? Vayamos por partes:

a)      EE.UU. y Corea del Norte no se encuentran en la misma situación militar. La doctrina estratégica estadounidense se ha preparado durante la última década para combatir en dos escenarios a la vez; un tercero excluye sus posibilidades. Washington se encuentra involucrado, hoy en día, en dos difíciles conflictos, Irak y Afganistán, que le detraen importantes efectivos militares y un considerable esfuerzo económico. Pyongyang, en cambio, posee unas fuerzas armadas sobredimensionadas, de caro mantenimiento, especialmente para un país que no se ha recuperado de una brutal hambruna y que depende totalmente del favor de China y de la ayuda humanitaria internacional. Un conflicto en la península coreana supondría para EE.UU. un grave problema de difícil resolución, en especial cuando no termina de remontar una aguda crisis económica. Por contra, para Corea del Norte supondría utilizar de modo rentable un instrumento inactivo que le podría reportar el control de la rica Corea del Sur y mejorar notablemente su situación económica, a la par que la  convertiría en actor geoestratégico en la principal zona del globo. Es decir, una hipótesis que para la Casa Blanca es a todas luces rechazable, para la dictadura comunista puede ser muy atractiva si cuenta con un dirigente con la suficiente determinación.

b)      No es la misma la posición de ambos gobiernos ante el arma nuclear. EE.UU. es una gran potencia que utiliza su inmenso arsenal atómico como disuasión ante las acciones de otras grandes potencias. El arma nuclear norteamericana existe «para no ser usada». El norcoreano es un régimen aislado por la comunidad internacional; realmente, no necesita disuadir a nadie porque, mientras cuente con el apoyo de China, nadie piensa invadirle ni es probable que surjan esfuerzos apoyados por el extranjero para derrocar a su gobierno. Los escasos proyectiles nucleares coreanos «están para ser usados».

c)      Un ataque nuclear sobre la flota combinada o sobre territorio de Corea del Sur, desataría una gran conmoción entre la sociedad internacional –por el peligroso precedente que crearía, además del elevado número de víctimas que provocaría–; pero Corea del Norte, con o sin armamento nuclear, no representa una amenaza cercana para muchos Estados, por lo que, fuera de asediar a Piongyang con un bloqueo económico y diplomático no mucho mayor que el que ya sufre, es poco probable que la acción internacional no pasase de condenas verbales, por muy duras que fuesen. Al contrario, Rusia, China, la Unión Europea y prácticamente todos los Estados del Tercer Mundo, se opondrían a la respuesta nuclear de la potencia hegemónica. El riesgo de proliferación de guerras nucleares es mucho mayor. La utilización de su potencial nuclear por una gran potencia sí que abriría la Caja de Pandora. Se habría traspasado la peligrosa línea roja. Eso sin contar con la amenaza de atacar con el resto del arsenal a Japón, es caso de represalias.

Desde luego, uno de los elementos clave es Pekín. Es dudoso que, sin su aquiescencencia, Pyongyang se atreviese a dar este paso. Ahora bien ¿qué piensan las autoridades chinas? Nadie lo sabe. La República Popular es el mayor acreedor de EE.UU., se beneficia del offshoring de las principales firmas estadounidenses para consolidar su desarrollo económico y desarrollar su despliegue tecnológico; pero es su rival declarado y, sin implicarse directamente, actuando de modo sutil, vería con buenos ojos como la potencia adversaria se involucraba en un conflicto, que seguramente perdería, y se la arrojaba del principal escenario mundial, abocando a Japón, La India y los países del Este asiático a un forzoso entendimiento con su gobierno.

Seguramente, esta hipótesis, afortunadamente, no se cumplirá. Ahora bien, tampoco es imposible. Ciertamente, EE.UU. debía hacer algo para dar satisfacción a Seul y advertir a su díscolo vecino. Empero, podría haberlo llevado a efecto, con idéntico resultado por vías diplomáticas, incrementando el aislamiento político y económico, buscando la condena del Consejo de Seguridad por un acto de agresión. Porque eso fue el hundimiento de la Cheonan, un acto de agresión gratuito; en realidad, una provocación. Demasiado falta de sentido de no perseguirse otro fin. Por tal motivo cabe preguntarse si Washington no ha está cayendo en una trampa bien dispuesta, si no ha cedido a la provocación, como sucedió mutatis mutandis, con los atentados del 11–S, si no está jugando con fuego.

 

 

Zaragoza, 26 de julio de 2010

 

 

Ius Cogens


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