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23.2.2012.

El hombre no puede ser feliz sin una familia


Por: Salvador Casadevall

Hablar de las crisis de la familia en el mundo de hoy no es ninguna novedad. Hasta hay películas que se ocupan de ello; entonces quiere decir que esa crisis existe realmente y es profunda.

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Esta crisis afecta el modo de vivir, afecta los lazos sobre los que se fundó gran parte de la vida y la historia de generaciones de hombres.

Desde el fondo de la historia que la familia existe. Nació antes que nacieran los Estados o Naciones.
La familia nació como un modelo de vida, para bien o para mal. La familia es el primer lugar que el hombre conoce, es allí donde aprende sus primeros conocimientos.

Todas las modalidades y contradicciones con que el mundo basa su forma de vivir, tienen su origen y empezaron en una familia.

En la familia, el amor demuestra, sobre todo, su capacidad de perpetuarse y de incidir de manera decisiva sobre la realidad.

Si la familia se acabara, con ella se acabaría una parte esencial de nuestro modo de ser, de nuestra forma de vivir o convivir, de amar y de sobrevivir.

Si la familia llegara a desaparecer y ya nadie se acordara de su existencia, el mismo mundo la volvería a inventar. El hombre no puede ser feliz sin familia. Y no existe el hombre que no quiera ser feliz. Por eso el mundo todo, la volvería a inventar.

La familia siempre ha sido un signo significativo de la transmisión de valores. Esos valores consisten en la transmisión y continuidad del amor conyugal, del amor fraterno, del amor de un padre y de una madre, que trasciende a la familia misma y que hace que lo sintamos en nosotros mismos, por lejos que estemos del hogar.

Está claro que la familia no ha sido siempre un modelo de armonía, un modelo de amor y concordia.
A menudo, ha sido más bien un espacio de atropellos, violencias y desgracias.

Todo esto desconcierta a muchos. Algunos rechazan el modelo de familia tradicional y se van a vivir en pareja, como se dice ahora. Se encuentran sus cuerpos y frecuentemente no se encuentran sus almas. Y al no encontrarse sus almas, su relación se va diluyendo con el tiempo y como consecuencia de ello, terminan también no encontrando sentido el que sus cuerpos se sigan encontrando. Evidentemente esas parejas no logran liberarse del modelo de familia como unión social fundamental.

El Señor está cerca de quien tiene  el corazón herido (Salmo 34,19). ¡La opción de interrumpir la vida matrimonial no puede ser nunca considerada una decisión fácil y sin dolor! Cuando dos esposos se dejan, llevan en el corazón una herida que marca, más o menos pesadamente, su vida, la de sus hijos y de todos los que aman (padres, hermanos, parientes, amigos).

Cuando Jesús afirma que el vínculo matrimonial entre un hombre y una mujer es indisoluble. (Mateo 19,1-12). ¿Por qué lo hace?  Porque sabe el dolor que causa la destrucción  de un unión que nació por el amor mutuo y que su destrucción afectará la continuidad de la vida que son sus hijos. 

“Todo lo que no era más que molestia en el matrimonio indisoluble, se transforma en algo insoportable en el matrimonio que puede ser disuelto” (De Bonald).

El primero y el más fundamental de los derechos del niño es el de tener una familia, el de tener un padre y una madre que le aseguren una existencia de acuerdo a  la dignidad humana. El niño necesita ver que sus padres lo aman y se aman. Por eso, eliminar la función de la unión conyugal y conservar el placer es un desorden  biológico y una depravación moral.
                                 
La familia es el único lugar en el que puede educarse a un niño. Y ese niño necesita de la estabilidad y de tiempo vivido en unión estable, y de tiempo suficiente para que él sienta que se ocupan de él.

El niño necesita de la fidelidad mutua de los que le dieron la vida; vida que es consecuencia de actos responsables que llevan a la continuidad y perduración de la vida.

Mientras tanto, sería bueno seguir pensando, sintiendo, que la vida del hombre consiste esencialmente en nacer, casarse, ser padres, abuelos y hasta algunos bisabuelos y morirse. Los años no vienen, sino que se van. Y si se van gozando de vivir plenamente el ciclo, el morirse es una separación con aroma de eternidad.

Y eso sigue sucediendo y deberá seguir sucediendo, para bien de la humanidad, en una familia.

 


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