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17.2.2013.

El arte de vivir y pensar, por Carlota Sedeño Martínez


Por: Colaborador

El hecho de vivir no es un arte sino un don ya que nadie vive por un acto que decidió previamente sino por haber recibido el don de la vida.

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El hecho de vivir no es un arte sino un don ya que nadie vive por un acto que decidió previamente sino por haber recibido el don de la vida. En cambio, pensar puede llegar a convertirse en un arte que se ejercita al vivir, cuando la persona no se deja llevar por el pensamiento débil que flota a su alrededor y elige pensar y actuar libremente, se sale de la rueda del relativismo y del “todo vale”. Hay valores, hechos, conductas que no deben regirse por el “todo es relativo”. Oyendo, un día, una tertulia radiofónica quedé atónita cuando un periodista dijo que a Benedicto XVI le había dado por hablar del relativismo, que era una especie de fijación suya. Vamos que había cogido una “manía”…

Con afirmaciones como la anterior, y sin ejercitar el arte de pensar, muchas cabezas quedan “tocadas”. Y es que se trasladan criterios políticos al campo de la inteligencia y de la verdad. Es lógico hallar un consenso para que la vida política y social pueda funcionar, llegar a la paz y caminar hacia el bien común. Pero consensuar no es válido en todos los campos porque el referente de cada ser humano para cuestiones vitales y de más alto rango no puede ser el acuerdo al que lleguen algunos políticos para un determinado momento histórico que, posteriormente, puede ser cambiado o anulado con el paso del tiempo.

Cuando no existe un referente claro, algo de orden superior, la persona se introduce en el grupo y actúa gregariamente. Hay valores inscritos en cada ser humano, existe la ley natural y existe la ley de Dios que ayudan a conservar la dignidad humana. Bajo diversas apariencias, la mentira campea en el mundo y no puede ocultarse que, también, se miente con el silencio frente al mal, a cualquier clase de corrupción, a la injusticia y a la inmoralidad. La práctica del rumor, de la frivolidad, del arrojar lodo y tinieblas sobre la fama de los demás eso es igualmente mentir. Estas y otras formas de faltar a la verdad corroen la convivencia creando un mundo donde la falsedad es moneda de cambio.

En el libro que he publicado, EL ARTE DE VIVIR Y PENSAR, expongo cómo hay que estar alerta ante los peligros de esta sociedad de consumo ya que, al descubrir nuevas necesidades y nuevas modalidades para su satisfacción, cada ser humano ha de guiarse por una imagen integral que respete todas las dimensiones de su propio ser y que sepa aprender y estar dispuesto a subordinar lo material e instintivo a lo interior y espiritual. Por ejemplo, la droga, el sexo libre, la pornografía y otras formas de consumismo, al explotar la fragilidad de los más débiles, pretenden llenar el vacío espiritual en el que ha desembocado la sociedad actual. No nos esforzamos para salvaguardar las condiciones morales de lo que debe ser una auténtica ecología humana. Y la primera estructura fundamental es la familia en donde se reciben, por regla general, las primeras nociones sobre la verdad, el bien y el verdadero amor.

Y al considerar un tema tan vital como es la educación y la enseñanza, antes que distribuir masivamente ordenadores y propagar las nuevas tecnologías es necesario, con urgencia, elevar el nivel educativo y cultural. Es fácil comprender que un mal uso de la televisión y de Internet provoca un claro descenso del nivel de enseñanza. Y, ¿quien se ocupa de la educación afectiva de adolescentes y jóvenes sin resortes morales de ningún tipo? Si los padres confían solo en el ámbito escolar han de saber que, frecuentemente, allí no se les proporciona otra visión que la biológica y toda la información sobre los recursos de lo que algunos llaman fontanería genital. El resultado es desolador, hay un desamparo afectivo y moral de miles de adolescentes.

Hay que educar la inteligencia y la voluntad para poder sobrevivir en medio de la publicidad de masas y de los medios de comunicación social, y no se debería aceptar que Hollywood eduque afectivamente. Los padres actuales podrían empeñarse más en ir contracorriente y asumir el cansancio de esta esforzada educación. Quizá verán, a veces, el fruto en el transcurso del tiempo pero no verán nada como fruto de una libertad permisiva y sin límites. Vale la pena inculcar en los niños y en los jóvenes la pedagogía del esfuerzo. William K. Kilpatrich, del Boston Collage Lynch, se manifiesta asombrado de que los padres, que no dudan en vacunar a sus hijos ante una epidemia de cualquier enfermedad, permanezcan pasivos ante un ambiente cultural y social que está lleno de agentes patógenos y por eso llega a usar el término “discapacidad moral”. El ser humano es más humano cuanto más orientado está hacia un punto de referencia trascendente.

 


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