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9.10.2013.

Queridísimos jóvenes


Por: Japón

Queridísimos jóvenes: al clausurar el Año Santo os confío el signo de este Año Jubilar: ¡la Cruz de Cristo!; llevadla por el mundo como signo del amor del Señor Jesús a la humanidad y anunciad a todos que sólo en Cristo muerto y resucitado hay salvación y redención. Juan Pablo II; Clausura del Año Jubilar de la Redención, 22 de abril de 1984, en la creación de las Jornadas Mundiales de la Juventud (JMJ)

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Queridísimos jóvenes: al clausurar el Año Santo os confío el signo de este Año Jubilar: ¡la Cruz de Cristo!; llevadla por el mundo como signo del amor del Señor Jesús a la humanidad y anunciad a todos que sólo en Cristo muerto y resucitado hay salvación y redención. Juan Pablo II; Clausura del Año Jubilar de la Redención, 22 de abril de 1984, en la creación de las Jornadas Mundiales de la Juventud (JMJ)

El Papa entrega a los jóvenes la Cruz de Cristo, testigo que pasa de JMJ a JMJ, de mano en mano, de país en país, de continente en continente desde ese Domingo de Ramos. ¿Por qué la Cruz? Por ser la señal del amor de Jesús a la humanidad. ¿Para qué la Cruz? Para ser anuncio de salvación a todo el hombre y a todos los hombres (se entiende e incluye también a toda la mujer y a todas las mujeres).

 

Los padres conciliares terminaron el Concilio Vaticano II con un mensaje a la juventud del mundo lleno de advertencia y esperanza. “Porque sois vosotros los que vais a recibir la antorcha de manos de vuestros mayores y a vivir en el mundo en el momento de las más gigantescas transformaciones de su historia. Sois vosotros los que, recogiendo lo mejor del ejemplo y de las enseñanzas de vuestros padres y de vuestros maestros, vais a formar la sociedad de mañana; os salvaréis o pereceréis con ella”.

“La Iglesia os mira con confianza y amor. Rica en un largo pasado, siempre vivo en ella, y marchando hacia la perfección humana en el tiempo y hacia los objetivos últimos de la historia y de la vida, es la verdadera juventud del mundo. Posee lo que hace la fuerza y el encanto de la juventud: la facultad de alegrarse con lo que comienza, de darse sin recompensa, de renovarse y de partir de nuevo para nuevas conquistas. Miradla y veréis en ella el rostro de Cristo, el héroe verdadero, humilde y sabio, el Profeta de la verdad y del amor, el compañero y amigo de los jóvenes. Precisamente en nombre de Cristo os saludamos, os exhortamos y os bendecimos.” (7 de diciembre de 1965)

 La primavera de la Iglesia ha fructificado en un verano fecundo. Se acerca el tiempo de la cosecha de aquellas semillas sembradas con tanta esperanza por esos padres conciliares. Los niños educados según ese concilio, convertidos en generaciones de jóvenes formados en este gran Papado de Juan Pablo II, son los protagonistas de la nueva evangelización, concepto acuñado por Pablo VI, y constructores de la nueva civilización de la verdad y el amor.

 

¿Cómo? Viviendo a Cristo en nuestro interior, siendo testigos suyos en nuestros ambientes, hablando a nuestros coetáneos de El y creando iniciativas apostólicas y caritativas para remediar las necesidades humanas, especialmente de los más pobres. Pobres son quienes carecen de algo: riqueza, belleza, inteligencia, amor, compañía salud, cultura y tantas otras limitaciones, vividas como carencias.

 

La llamada universal a la santidad, recogida en el Concilio y tantas veces repetida por este gran Papa, nos estimula a dar lo mejor de nosotros mismos, a aprovechar nuestros talentos como lo hicieron los miles de santas y santos beatificados y canonizados recientemente. La caridad  y la relación personal con Cristo fue el común denominador de todos ellos.

 

El beato Juan Pablo II ha entregado los documentos del Concilio a los jóvenes: la Gaudium et Spes en el Encuentro Europeo de Loreto; Benedicto XVI, en Colonia, el Catecismo. Nos ha pedido que conozcamos la historia de la Iglesia y estemos al tanto de la viva tradición y de su rico magisterio a lo largo de los siglos. Nos pide compromiso con la  parroquias o movimientos, comunidades en las que conocer, vivir, celebrar  y comunicar con entusiasmo la fe recibida, llevando a la práctica las enseñanzas conciliares para mostrar el rostro de Cristo en nuestro mundo y hacer de él un lugar más humano.

 


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