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30.4.2008.

Cuando la ideología se convierte en religión


Por: Gunther Zevallos

No se ustedes, pero a mi me sucede que después de ver algunos debates televisivos afines a la ideología radical de la izquierda, casi siempre quedo desconcertado y con un grado de incredulidad manifiesta de las cosas que allí se dicen.

2 comentarios


No se ustedes, pero a mi me sucede que después de ver algunos debates televisivos afines a la ideología radical de la izquierda, casi siempre quedo desconcertado y con un grado de incredulidad manifiesta de las cosas que allí se dicen. Es como si estuviera viviendo una misma escena de interpretación de una realidad totalmente ajena a la que yo percibo en muchos aspectos, tengo la impresión de que por más que me esfuerce buscando razones no encuentro justificaciones aparentes que me permitan conceder la credibilidad a ciertas manifestaciones; en pocas palabras, alguien está mintiendo descaradamente. Es como si percibiera un grado de manipulación permanente y tuviera puesta la misma película que se repite con los mismos o similares argumentos una y otra vez, machaconamente hasta el hastío, y yo siempre llego con las mismas conclusiones: aquí hay gato encerrado.

En general, algunas de las representaciones muestran un mundo irreal que describe el camino que debería seguir la sociedad, y por tanto, lo que debería hacer el gobierno para garantizar la felicidad del individuo, pero que desafortunadamente no es posible por culpa de un grupo de descontentos no afines a la ideología radical, un grupo de rebeldes descontrolados sin causa aparente. Este grupo de parias impide la realización de su felicidad porque no comparte sus valores y sus creencias, en definitiva «su nueva religión». La supuesta revelación es que: el resto no tiene la capacidad de comprender el gran mensaje espiritual que se lanza.

Algunos ideólogos señalan que para conseguir un absoluto control de los ciudadanos es preciso anular su voluntad. A lo mejor esto es lo que pretenden cuando se empeñan en establecer leyes que controlen a los ciudadanos y reconduzcan su vida a los nuevos valores de su religión, cuando se empeñan en introducir en los colegios asignaturas como la de Educación para la Ciudadanía, o cuando aprueban leyes discriminatorias, o nuevas normas impositivas, laborales, etc., represivas y sancionadoras. A la ideología radical lo que le importa es el colectivo frente al individuo, por lo que buscan un sistema que permita controlar a las personas. Para ello, se tiene que tejer primero un complicado sistema legal, jerárquico y burocrático de subordinación al sistema, valiéndose del miedo a las sanciones y a las penas. La forma más fácil de conseguir la sumisión del individuo es intentar suprimir progresivamente sus libertades, sin que se de cuenta y utilizando si fuera preciso todo el poder coercitivo que detenten en ese momento, e imponiendo normas y leyes de dudosa inspiración democrática.

Los juristas hablan recientemente de desbordamiento de los límites del derecho Penal, por ejemplo, en el caso de la reforma del Código Penal en materia de Seguridad Vial, donde a juicio de algún magistrado del Tribunal Supremo, y algún otro del Consejo General del Poder Judicial, se ha querido cerrar a los jueces su posibilidad interpretativa al establecerse definiciones presuntivas. Situación similar a lo que ocurre con la Ley Integral de la Violencia de Género, que según algunos juristas, y muchos abogados vulnera como en el caso anterior el principio de presunción de inocencia que debe prevalecer, y la igualdad ante la ley de un país que dice ser democrático.

La nueva ideología impregnada de radicalismo pretende remover las conciencias de los más débiles y doblegar al resto mediante leyes coercitivas y discriminadoras. Se empieza por cambiar los principios y valores de las personas para crear una sociedad distinta, una sociedad utópica: «el mundo de Alicia». Todo aquel que se desvíe del camino correcto trazado por la secta, será castigado, relegado y humillado públicamente si fuera preciso. Claro que para llegar a esta situación es necesario desmontar previamente uno de los fundamentos seculares del derecho: la presunción de inocencia, y esto aparentemente ya está sucediendo.

Los sectarios nos invitan a seguirles, según parece de nada vale que nos resistamos a unirnos a su nueva religión, la de los nuevos valores que marca el camino del nuevo orden de las cosas, pues no compartir estos ideales a lo único que nos conduce, segun ellos, es a prolongar nuestros sufrimientos. Esta ideología pretende desviar nuestra atención de los problemas reales del ciudadano, desdibuja la realidad y transforma los conceptos con la intención de sintonizar nuestras entendederas para recibir de buen grado todo ese amplio y nuevo pensamiento, que deliberadamente ha sido preparado por las líneas jerárquicas del poder y de los nuevos ideólogos del radicalismo, con una clara intención de dominar al nuevo ciudadano desinformado. Todos estamos aprendiendo sobre la marcha y asumiendo la pérdida de nuestras libertades, porque hoy no hay nadie, ni ningún partido político, que sea capaz de plantar cara a este nuevo sectarismo que ha sido absorbido por la masa, que asume sin poner en tela de juicio y sin más oposición este cambio de valores, dando crédito absoluto a lo que los medios transmiten a través de la «caja tonta». El debate de las ideas se va perdiendo sin tan siquiera plantar cara, y asumiendo que lo que se dice sin rigor forma parte de la verdad. Da igual que posteriormente aparezca un atisbo de oposición, porque una vez asumida la nueva ideología por la masa, el debate ya estaría perdido, y el que osara atreverse a ir en contra, sufriría la derrota y la humillación de un país que presume del cotilleo y de las revistas del corazón. Lástima.

En este sistema no valen los reconocimientos por el trabajo, la capacidad o el mérito; ni el discernir por nosotros mismos, pues esto nos aleja del pensamiento único en el que se basa ese sectarismo radical, que no sólo se reproduce en el partido en el gobierno, sino también y de forma parecida, en los partidos nacionalistas de ideología radical y excluyente. La masa achaca cualquier desviación de su ya bien asumida religión a las supuestas barreras que aún tenemos como consecuencia de la opresión sufrida, ya sea por el nacionalismo español, y en el otro caso, fruto de nuestra retorcida y machista educación en valores anticuados, por lo que se nos invitan a «salir del armario» y sacar fuera nuestro lado más femenino. Para entenderlo, tal como lo hizo el presidente de primer apellido «Rodríguez» y de segundo «Zapatero».

La ideología radical de las masas recobra la idea de la explotación, ya no del trabajador por el empresario, sino de la mujer por el varón. El filósofo y Catedrático de la Universidad de Oviedo D. Gustavo Bueno explicaba respecto a esta última paradoja que: en esta filosofía de pensamiento simplista y abstracto el elemento femenino resulta ser el elemento activo y progresista, frente al elemento masculino que aparece más bien como pasivo, retrógrado o conservador. Añade que en esta nueva ideología hay otro tipo de pensamientos irreales alejados del mundo real nuestro, y que se nos presenta como un mundo visitable al que llama «Pensamiento Alicia» a la manera como Alicia visitaba, según Carroll, el País de las Maravillas.

La nueva ideología que intenta implantar una nueva moral colectiva y de valores superfluos, es también la ideología de la confusión. Se trata negar lo que otros afirman, se niegan las verdades, se manipulan las estadísticas y la realidad, porque mintiendo o cambiando los conceptos se defiende mejor la fe en esta nueva religión. Los argumentos no pueden ser profundos porque van dirigidos a la masa, a quienes hay que hacer ver quienes son los buenos y quienes los malos, quiénes les defienden y protegen, y quiénes les explotan y desamparan frente a sus adversidades con políticas poco sociales, contrarias al aborto, o a la supuesta igualdad. La nueva ideología pretende desnaturalizar la familia, su objetivo es acabar con el matrimonio tradicional, amparar el aborto dándole la condición de contraceptivo.

La nueva ideología sectaria se aprovecha del sentimiento y actúa como un acto reflejo para solucionar lo inmediato, lo banal. La nueva religión es aparentemente caritativa, porque da lo que a otros quita. Esta nueva religión necesita de la intervención pública como alimento para la prolongación de su «verdad», para ello es imprescindible controlar la mayor parte de la producción y las rentas del país. La nueva religión planifica el adoctrinamiento de su población a través de todos los medios a su alcance y se vale de toda la progresía dispuesta a proclamarlo, así como de todos los poderes que tiene a su alcance para conseguirlo. Primero se da paso a la uniformidad de las ideas, luego se recortan libertades sin oposición, y a partir de allí el inicio del fascismo es cuestión de tiempo. Es hora de tomarnos en serio el debate de las ideas, si no actuamos pronto, será muy difícil cambiar el estado de las cosas.


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